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Quinquela cumple 80 años (1970)

A pesar de haberse negado a recibir agasajos especiales en oportunidad de cumplir 80 años, el pintor Benito Quinquela Martín ha recibido en la ocasión muchas pruebas de afecto y respeto. En La Boca - su “República - se había pensado hacer una gran demostración pero el artista no la aceptó, prefiriendo recogerse y festejar la fecha con senecilles entre algunos íntimos. Resultó que fueron muchos los de ese círculo y, por lo tanto, muchas también las demostraciones. No hubiera podido ser de otro modo: Quinquela Martín es de La Boca. (La Prensa, 3 de marzo de 1970).

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Lactario Municipal (1947)

El director de los lactarios de la Municipalidad, Dr. Saúl I. Bettinoti, hizo saber de la importancia de un servicio de estas características para el barrio de La Boca. Una vez donado el terreno por Quinquela, se comenzó la obra. El Lactario Municipal Nº 4 se inauguró el 4 de octubre de 1947, con la presencia del intendente municipal, doctor Emilio P. Siri, secretarios, numerosos invitados y una gran convocatoria de vecinos que entonaron el Himno Nacional al son de la Orquesta de Arte Popular de Juan de Dios Filiberto.

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Instituto Odontológico Infantil (1950-1959)

Este proyecto se puede rastrear en la documentación en el vasto archivo personal de Quinquela que el museo atesora. Una carta fechada el 7 de febrero de 1950 escrita por el Doctor Ricardo Borria le informa del estado de la salud odontológica en la zona sur de la Ciudad y los primeros lineamientos para un futuro centro odontológico. Las estadísticas provistas abruman por la cantidad de extracciones dentales. Quinquela vuelve a proceder de la misma manera que las anteriores ocasiones. El 7 de noviembre de ese mismo año le escribe al Ministro de Salud Pública, Dr. Ramón Carrillo, ofreciendo el terreno en donación para la construcción de un Instituto Odontológico Infantil y el aporte de sus murales.

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Escuela de Artes Gráficas (1940-1947)

El solar en cuestión, que está aquí al lado de la escuela, o sea en Pedro de Mendoza 1777 al 1779, tiene veintiún metros de frente y ciento nueve de fondo, les digo estas dimensiones para que se den cuenta de que con un edificio de tres pisos, tal como lo señala el proyecto, se podrá levantar un instituto modelo dedicado a los aspectos de las artes gráficas, como todavía no existe en el mundo. [...] Creo que en nuestro país la educación de la juventud necesita de escuelas de carácter técnico que formen hombres de auténtica preparación en los diversos oficios. Alguna vez ha de terminarse con tanta improvisación como hay ahora”

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Caminito (1959)

Primero fue un arroyo que desembocaba en el Riachuelo, luego ramal de carga del Ferrocarril de La Boca clausurando el servicio en 1928. En el potrero de “La Curva” jugaban los niños. En 1954 cuando se retiran las vías y durmientes del ferrocarril se torna intransitable, y se empezó a juntar basura. Inmediatamente Arturo Carrega —propietario del almacén naval de Magallanes e Iberlucea— limpió el espacio y pone pilares para que no lo transiten vehículos. Aníbal, su hermano, pensó en ir más allá y le llevó a su gran amigo Quinquela una propuesta.

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Teatro de la Ribera (1971)

Y le llegaría el turno al teatro. Benito Quinquela Martín le dona al Consejo Nacional de Educación el terreno para su construcción. Siguiendo la recova del Museo y con vívidos colores se integra al complejo quinqueleano. Dona al edificio ocho murales: “Saludos a la bandera”, “Procesión náutica”, “Día del Trabajo”, “Tango de la Ribera”, “Arrancando·, ·Día de fiesta”, “Crepúsculo” y “Rincón de La Boca”.

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Sonoros homenajes

"Va la chatita arenera / De oro en polvo, bien cargada / Huele a brea la ribera / Grúas, hierros, barcos, dragas. / Y se ve por la ribera / Agobiados por su carga / Hombres fuertes, pechos amplios / Cuello recio, juventud…! / ¡Es la grúa que levanta recia!… / ¡Es la lancha que remolca fuerte! / ¡Es el cable que se amarra hoy / Y mañana se suelta…! / Chimeneas que despiden humo / Que parecen ocultar el sol / Fraguas rojas... un infierno… / ¡Martilleos y calor!" (Extracto de “Quinquela”- Letra : Celedonio Esteban Flores - Música : Argentino Valle)

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Caballeros de la Orden del Tornillo (1948-1974)

Pocos años después, Quinquela estaba en el centro de una de las más importantes tertulias de Buenos Aires, “La Peña” del café Tortoni. Luego, al disolverse, sus actividades se trasladaron al taller del artista, quien institucionalizaría la bohemia, dando origen, en 1948, a la “Orden del Tornillo”. En términos muy similares a los de la nota anterior, de 1918, Quinquela y los cófrades del tornillo exaltaban las virtudes de la “locura”, frente al mundo de los “cuerdos”: Para la gente esclava de las preocupaciones e intereses materiales, los hombres de espíritu viven en estado de locura. Y creen burlarse de nosotros al llamarnos locos. Los artistas hemos aceptado con buen humor esa calificación de locos [...] Caímos en la cuenta que también podíamos burlarnos nosotros de la vanidad en boga entre los cuerdos.

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La Peña: Amantes de las artes y las letras (1926-1943)

Mi adhesión al puerto de la Boca no me impedía frecuentar las tertulias del los cafés de Avenida de Mayo, sobre todo aquella de “La Cosechera”, que el maestro Viñes bautizó con el madrilenísimo nombre de “La Peña”, que se trasladó durante una noche de verano a la vereda de enfrente. De “La Cosechera” pasamos al café Tortoni. El viejo Tortoni tenía su clientela segura y abundante, pero nuestra “Peña” bohemia siempre encontraba la manera de instalarse en las mejores mesas de la vereda o el salón. Además de brindarnos el espacio vital que necesitáramos –vital y subterráneo–, “monsieur” Piérre Curuchet nos obsequió con unos preceptos que habrían de quedar como lema de nuestra flamante agrupación. Decían así: Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura, y dar de su “savoir faire” la medida. Pero sólo el arte y el espíritu tienen el derecho de sin medida manifestarse aquí.

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La República de La Boca (1923)

El primer nombramiento que firmó nuestro presidente dictador, Víctor José Molina, fué a mi favor. Yo lo había hecho elegir a él para ese importante cargo, y era justo que él empezara por acomodarme a mí. Me nombró nada menos que Almirante de Tierra y Mar. Con ello dió prueba de ser un dictador sensible a la gratitud, cosa rara entre los dictadores, que generalmente, suelen dedicarse a hundir a quienes los encumbran. [...] Nuestra carencia de espacio vital era tan absoluta, que ni siquiera poseíamos una pieza donde reunirnos a deliberar. Las reuniones deliberativas solíamos celebrarlas en elcorralón donde fabricaba y guardaba sus carros nuestro presidente; y cuando no podíamos reunirnos en el corralón de Molina, las deliberaciones se efectuaban en mi casa.

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