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Río de Janeiro (1920)

Taladrid fue designado por el presidente de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, para representar a esta sociedad en Río de Janeiro. Entendió que la mejor manera de comenzar ese intercambio era propiciando una exposición de mis obras, y nos embarcamos en noviembre del año 1920. Habíamos ido por un mes y nos quedamos seis meses a la espera de la sala. Una vez que estuvieron impresas las invitaciones, Taladrid me comunicó que la invitación al presidente de los Estados Unidos del Brasil, doctor Epitacio Pessoa, teníamos que llevársela personalmente. En mi portugués chapurreado, le hablé más o menos así: “Eu ten honra, seor presidente, de convidar a vosé a mi exposicao.”
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Galería Witcomb de Mar del Plata (1920)

Dos cosas tuve que hacer a partir de aquellas dos exposiciones mías: cambiar de casa y cambiar de nombre. Las dos cosas las hice a medias y por imperio de la comodidad. Mi pequeño estudio del altillo de la carbonería ya no me servía para trabajar, y me instalé con un estudio mayor en la calle Almirante Brown. Pero seguía yendo a dormir a mi pieza de la calle Magallanes. El Chinchella lo traduje fonéticamente y quedó en Quinquela. Y obtuve mi nombre completo Benito Quinquela Martín. Con esa ortografía hice mi exposición siguiente a la del Jockey Club, y que presenté en Mar del Plata, en el Salón Witcomb.
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Jockey Club (1919)

Taladrid se fue a ver a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia de la Capital. Como principal argumento de convicción, además del artículo de “La Nación”, Taladrid esgrimió mi condición de huérfano que había sido amparado por esa Sociedad, la cual en cierto modo, estaba obligada a seguir dispensándome su protección. Al poco tiempo habían resuelto patrocinar una exposición de mis obras, que se realizaría en uno de los salones del Jockey Club. La aristocracia y el pueblo, alternaban en los salones alfombrados.
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Galería Witcomb (1918)

Don Pío Collivadino y Taladrid me impulsaron a realizar mi primera exposición. Ella se realizó en el 4 de noviembre de 1918 quedó inaugurada en plena calle Florida la exposición de pintura de “el Carbonero” de la Boca. El éxito fue rotundo.
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Don Pío Collivadino (1917)

La elegancia de don Pío Collivadino corrió peligro de mancillarse cuando los dos atravesamos la carbonería para subir al altillo donde yo tenía mi pequeño estudio. [...] — Usted puede ser el pintor de la Boca y su puerto. Interesado por un cuadro que reproducía una escena del puerto dijo: —Aquí hay ambiente, carácter, fuerza. Y además una personalidad original; un modo distinto de ver y de pintar. Tanto me elogió el cuadro, que me pareció oportuno regalárselo. Y al día siguiente se lo mandé a la Academia de Bellas Artes. Pasaron varios días y no volví a ver a don Pío Collivadino ni a Facio Hebécquer. Pero al cabo de una semana o dos recibí la visita de otro señor, mucho más joven y también mucho más elegante, era Eduardo Taladrid, secretario de la Academia. Simpatizamos desde el primer momento y sellamos una amistad.
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El carbonero (1916)

El primer artículo que apareció en letras de molde sobre mi persona y mi pintura se publicó en la revista Fray Mocho un 11 de abril. [...] Una mañana opaca, en que la lluvia estaba al caer, peregrinando por la Boca, nos detuvimos a contemplar un pintor que, sentado en la proa de un velero, indiferente al mareante ir y venir de un barco en descarga, pintaba. Es decir, aquello no era pintar, era un afiebrado arrojar colores y más colores sobre un cartón. En manos de nuestro hombre, el pincel iba, venía, describía giros, volvía, resolvía con amplitud majestuosa, y segura; a su paso dejaba gruesas huellas que aparecían desordenadas e incongruentes en un principio, pero que bien pronto adquirían forma y cierta concordancia, grotesca casi, para formar en - seguida un cuadro de una belleza sorprendente, insospechable en un rincón gris y sucio del Riachuelo.
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Aprender y enseñar (1917)

Las noches que no tenía academia acudía a la Sociedad de Caldereros, que tenían una pequeña biblioteca, o al Centro Socialista [...] Me pasaba las veladas leyendo a Kropotkine, a Gorki, a Dostoievski y otros autores rusos que ocupan un estante especial. Que un vagabundo como Gorki describiera insistentemente la vida de los ex hombres, con un espíritu de comprensión y de redención humana, o que un ex presidiario genial como Dostoievski prefiera los personajes condenados o condenables a las personas normales, me parecía natural y explicable. Pero que el príncipe Kropotkine hubiera renunciado a todo por defender sus ideales de justicia sociales, me producía tanta admiración como sorpresa. Y es que entonces recién empezaba yo a comprender que la conciencia que el hombre pone en su vida y en su obra vale más que la corona de los príncipes.
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Salón de los Recusados (1914)

En 1914 asistí a otra exposición colectiva, que se anunció valientemente con el título de Salón de Recusados. Se realizó en un local de la calle Corrientes 655, que nos cedió la Cooperativa Artística. Todos los expositores que habíamos sido rechazados en el Salón Nacional y resolvimos apelar de esa injusticia ante el tribunal de la opinión pública. Entre los principales cabecillas de aquel movimiento de protesta artística y gremial estaban Agustín Riganelli, José Arato, Juan Brignardello, Florencio Sturda, Juan Grillo. Nosotros hicimos escuela con aquel Salón de Recusados de 1914, que rehabilitó un poco la calificación lapidaria de “rechazado”.
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Sociedad Unión de La Boca (1907)

Como todo vecino de la Boca tenía por fuerza que pertenecer a alguna agrupación, yo me inscribí en la Sociedad Unión de la Boca, dentro de la cual funcionaba el Conservatorio Pezzerini-Sttiatessi. El Salón Unión, como todos los demás le decíamos en La Boca, era una especie de academia universal, donde se enseñaba música, canto, dibujo, pintura, yeso, baile, corte y confección y no sé cuántas cosas más. Cuando ingresé como alumno en ese emporio del saber divino y humano acababa yo de cumplir diecisiete años y ya tenía las manos bien curtidas por el trabajo. También tenía mucho que aprender, pues no sabía nada de nada, aparte de descargar el carbón de los barcos y repartirlo luego a domicilio. Empecé a estudiar dibujo, que era mi mayor acción. Detrás de esa acción se escondía un pintor vocacional que llevaba dentro y que no se atrevía a salir, acaso porque yo mismo ignoraba su existencia.
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