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Galería Witcomb (1944 – 1953 -1961)

En julio de 1944 reuní setenta y cuatro obras y con ellas cubrí todas las salas de la galería Witcomb. Presenté cuarenta y cinco óleos de distintos tamaños y el resto eran aguafuertes y dibujos. Toda esa labor representaba apenas una parte seleccionada, una suerte de muestrario de los trabajos que realicé durante veinte años, sin contar las decoraciones murales, que por sí solas sumaban muchos centenares de metros de pintura.
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Inaugura el Museo de Bellas Artes de La Boca (1938)

El pensamiento que orientó la fundación del museo y que sigue guiando a sus dirigentes, es el de que en éste se hallen representados todos los artistas de toda la República, sin olvidar a los precursores e iniciadores de las artes plásticas en el país, de los cuales ya figuran algunas obras en el catálogo.
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El estudio lancha (1934)

Era una lancha no muy vieja, con un pequeño motor, que compré de ocasión en San Fernando, cuando ya podía permitirme ese lujo. [...] Era una lancha que siempre andaba en desgracia. Una vez se incendió con gente a bordo. Otra vez quiso hundirse sin motivo aparente que justificara el naufragio. La última vez que salí con ella a pintar me salvé de la muerte de milagro.
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Londres (1930)

Llegué a Inglaterra en el mes de mayo de 1930, a bordo del vapor Arlanza. Lo primero que co probé es que el poco inglés que había aprendido en Nueva York no me servía de nada en Londres. Por suerte en la embajada argentina me encontré con mi verdadero intérprete y cincerone, Pedro Morales, quien intervino en los preparativos de mi exposición en la Galería Burlingthon, que tuvo un éxito artístico, social y periodístico. Un día estaba yo en mi exposición cuando se me acercó un reportero del diario Daily Express a hacerme un reportaje relámpago. Entre las cosas que me preguntó figuraba esta pregunta: —¿Por qué no pinta usted mujeres? —No pinto mujeres porque todavía no he encontrado a la mujer ideal. Ni Morales ni yo le dimos mayor importancia al asunto, pues en realidad son frases hechas que uno dice en las charlas de café. Pero con razón dicen que una pequeña chispa puede generar un incendio. Después de aparecer mi reportaje en el “Daily Express” se publicó un largo artículo en el mismo diario, firmado por un escritor Navison, que pretendía demostrarme que la mujer ideal se encuentra siempre en Inglaterra. Y como dentro de Inglaterra estaba mi ideal femenino, yo tenía que forzosamente que encontrarlo y pintarlo. Empezaron a lloverme cartas de mujeres, y todas ellas me juraban que encarnaban a la mujer ideal que yo andaba buscando.
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Roma (1929)

Hice el viaje a Génova en el vapor “Conte Verde”. Lo primero que hice al llegar a Roma fue dedicarme a recorrer sus calles y sus museos. El embajador argentino en Roma, doctor Fernando Pérez, tomó a su cargo el padrinazgo de la exposición, que adquirió así cierto carácter o !cial. Pero sobre todo yo era un artista argentino, y ya se sabe lo que Argentina significa en Italia. Y eso tenía en contra la ortografía de mi apellido, pues ya no era Chinchella, sino Quinquela, que, pronunciado a la italiana, se convertía en Cuincuela. Pero por encima de estos detalles idiomáticos y patronímicos, yo era una argentino “ figlio” de italianos y eso fue suficiente para conquistarme la simpatía y la adhesión de todos, del rey abajo.
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La Habana (1928)

Al final de aquel banquete neoyorquino recibí una invitación del conde del Rivero, director de “Diario de la Marina”, de La Habana, para realizar una exposición en los salones de su diario. [...] En mi exposición de Cuba vendí dos cuadros,uno de ellos adquirido por el propio Rivero. La Habana me hizo la impresión de una Andalucía tropical. Esos negros que hablan el español como andaluces transplantados... esas mulatas que parecen gitanas achocolatadas. Cuba es un país alegre, divertido, optimista. Parece que siempre viviera en día de !esta.
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Nueva York (1928)

Cuando el año 27 moría, embalé otra vez mis cuadros y partí para Nueva York a bordo del vapor American Legion. Lo primero que tuve que hacer allí fue agenciarme un intérprete, pues no conocía una palabra de inglés. Georgette Blandi, una mujer admirable, de esíritu inquieto, sensibilidad de artista y voluntad independiente, se constituyó voluntariamente en la madrina de mi exposición. Empezó por organizarme una comisión de honor, en la que incluyó a las personalidades más importantes de su conocimiento o amistad. En la comisión había algunos millonarios. Uno de ellos se llamaba míster Farrell y era uno de los magnates del acero. Me hizo una oferta tentadora para que yo me encargara de la pintura y decoración mural de sus estable - cimientos metalúrgicos.
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París (1926)

Durante mi permanencia en París frecuenté un tiempo, aunque no mucho, el café la Rotonde, en Montparnasse, donde se reunía una peña de artistas futuristas. Y como yo tenía curiosidad por conocer de cerca aquellos proselitistas del futurismo, escuela que todavía gozaba de cierta boga me hice pasar entre ellos como futurista. Les hacía dibujos raros, y ellos los encontraban estupendos. Cuanto más absurdos, más estupendos les parecían. Uno de mis dibujos se llamaba “El ojo del capitán mirado por el ojo de buey”, lo exhibían como modelo del arte del futuro, que debía ser, decían, introspectivo, analítico, subconsciente, freudiano y no sé cuántas cosas más. Encontraron en mí grandes facultades para pintar hacia adentro, como ellos preconizaban, y no hacia afuera, aunque en realidad la mayor parte de aquellos futuristas de la Rotonde no pintaban ni hacia afuera ni hacia adentro
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Sociedad Amigos del Arte (1924)

Resuelto a emprender la conquista de París, tuve que empezar por pertrecharme de cuadros para dar la batalla. Durante más de un año no hice otra cosa que trabajar de firme en mi taller de la Boca. Allí vinieron a visitarme unos señores que pertenecían a la Sociedad Amigos del Arte, para proponer me que hiciera una exposición en sus salones. Yo no tenía entonces ese propósito, pero como ellos insistieron terminé por aceptar. La muestra se abrió al público el 6 de noviembre de 1924, y en ella se vendieron varios cuadros. uno de ellos, Día de sol en el Riachuelo, fue adquirido por el Ministerio de Marina para el Centro Naval.
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Madrid (1923)

Durante más de un año no hice otra cosa que pintar y prepararme para la conquista de España. Por !n me embarqué en el vapor Infanta Isabel, en noviembre de 1922, con destino a Barcelona. Como no me sobraba el dinero, ni mucho menos, tuve que hacer el viaje a título de canciller del consulado argentino en Madrid, con un sueldo de trescientos pesos mensuales y mi correspondiente pasaje y pasaporte diplomáticos. Después me dirigí a Madrid donde exhibí ante el cónsul, Eduardo Schiaffino, mi nombramiento de canciller. Él se limitó a informarme de mi horario y de mi trabajo en el consulado. Y desde ese día me dediqué a cumplir con mis obligaciones burocráticas, durante seis horas diarias. Sacaba impresiones digitales, tomaba los datos de identidad, llenaba formularios y realizaba otros trabajos de oficina.
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