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Sonoros homenajes

"Va la chatita arenera / De oro en polvo, bien cargada / Huele a brea la ribera / Grúas, hierros, barcos, dragas. / Y se ve por la ribera / Agobiados por su carga / Hombres fuertes, pechos amplios / Cuello recio, juventud…! / ¡Es la grúa que levanta recia!… / ¡Es la lancha que remolca fuerte! / ¡Es el cable que se amarra hoy / Y mañana se suelta…! / Chimeneas que despiden humo / Que parecen ocultar el sol / Fraguas rojas... un infierno… / ¡Martilleos y calor!" (Extracto de “Quinquela”- Letra : Celedonio Esteban Flores - Música : Argentino Valle)
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Caballeros de la Orden del Tornillo (1948-1974)

Pocos años después, Quinquela estaba en el centro de una de las más importantes tertulias de Buenos Aires, “La Peña” del café Tortoni. Luego, al disolverse, sus actividades se trasladaron al taller del artista, quien institucionalizaría la bohemia, dando origen, en 1948, a la “Orden del Tornillo”. En términos muy similares a los de la nota anterior, de 1918, Quinquela y los cófrades del tornillo exaltaban las virtudes de la “locura”, frente al mundo de los “cuerdos”: Para la gente esclava de las preocupaciones e intereses materiales, los hombres de espíritu viven en estado de locura. Y creen burlarse de nosotros al llamarnos locos. Los artistas hemos aceptado con buen humor esa calificación de locos [...] Caímos en la cuenta que también podíamos burlarnos nosotros de la vanidad en boga entre los cuerdos.
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La Peña: Amantes de las artes y las letras (1926-1943)

Mi adhesión al puerto de la Boca no me impedía frecuentar las tertulias del los cafés de Avenida de Mayo, sobre todo aquella de “La Cosechera”, que el maestro Viñes bautizó con el madrilenísimo nombre de “La Peña”, que se trasladó durante una noche de verano a la vereda de enfrente. De “La Cosechera” pasamos al café Tortoni. El viejo Tortoni tenía su clientela segura y abundante, pero nuestra “Peña” bohemia siempre encontraba la manera de instalarse en las mejores mesas de la vereda o el salón. Además de brindarnos el espacio vital que necesitáramos –vital y subterráneo–, “monsieur” Piérre Curuchet nos obsequió con unos preceptos que habrían de quedar como lema de nuestra flamante agrupación. Decían así: Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura, y dar de su “savoir faire” la medida. Pero sólo el arte y el espíritu tienen el derecho de sin medida manifestarse aquí.
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La República de La Boca (1923)

El primer nombramiento que firmó nuestro presidente dictador, Víctor José Molina, fué a mi favor. Yo lo había hecho elegir a él para ese importante cargo, y era justo que él empezara por acomodarme a mí. Me nombró nada menos que Almirante de Tierra y Mar. Con ello dió prueba de ser un dictador sensible a la gratitud, cosa rara entre los dictadores, que generalmente, suelen dedicarse a hundir a quienes los encumbran. [...] Nuestra carencia de espacio vital era tan absoluta, que ni siquiera poseíamos una pieza donde reunirnos a deliberar. Las reuniones deliberativas solíamos celebrarlas en elcorralón donde fabricaba y guardaba sus carros nuestro presidente; y cuando no podíamos reunirnos en el corralón de Molina, las deliberaciones se efectuaban en mi casa.
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Santiago Stagnaro

Una noche, al salir de la academia, Filiberto me propuso: — Che, ¿vos lo conocés a Stagnaro? Vamos a visitarlo. Anda un poco enfermo. [...] Es un gran tipo. Un Leonardo en pequeño. Pintor, poeta, escritor, escultor, periodista, músico. Yo estoy en la música por Stagnaro. El me metió la afición a la guitarra y me aconsejó que estudiara música. Es un hombre inteligente, de ideas avanzadas. Orador, agitador, obrerista.Un artista y un hombre. Santiago Stagnaro vivía entonces en una pequeña casucha con la madre y las tres hermanas, que cosían para vivir. La madre era lavandera. El pequeño Leonardo ocupaba una pieza que le servía de estudio, de dormitorio, de escritorio y biblioteca. Pocos muebles, menos de los indispensables. Sentado en la cama, estaba un hombe flaco, de color enfermizo. Tenía una sugestiva mirada de iluminado y su voz era a la vez enérgica y afable. Filiberto intentó presentarme. — Ya lo conozco —exclamó Stagnaro—. Usted iba antes a la biblioteca de nuestra Sociedad. ¿Por qué no va ahora?
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Juan de Dios Filiberto

Entre los conocimientos que adquirí en el Salón Unión de la Boca está tambien un amigo que había de durarme toda la vida. Era un muchacho que me llevaba unos años de edad, pero tan flaco como yo. Asistía a tomar lecciones de violín en el Conservatorio Pezzini-Sttiatessi. Era guitarrero y quería ser músico, pero apenas terminaba su lección de violín en el Conservatorio se llegaba hasta la clase de pintura de Lazzari, porque prefería la amistad de los pintores a la de los músicos. Allí nos encontramos y allí nos presentamos uno a otro, tutéandonos desde el primer momento: – Vos ¿cómo te llamás? – Yo me llamo Benito. ¿Y vos? – Yo me llamo Juan de Dios. Era Juan de Dios Filiberto. Pero como ese nombre completo resultaba entonces demasiado largo para tan poca personalidad, todos le decíamos Juancito, aunque el prefería que lo llamáramos Filiberto.
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La Boca, barrio obrero

La Boca era entonces el centro obrerista más agitado del país. Todos los obreros estaban agremiados. Tenían su correspondiente sociedad los estibadores, los carreros, los carpinteros de ribera y de obra blanca, que tenían sus diferencias entre ellos. Existían la Sociedad de Calafates, que eran muy amigos de las fiestas y de las huelgas, y la Sociedad de Caldereros, la más ruidosa y levantisca. Todas las sociedades convergían en una federación, donde sumaban sus esfuerzos para luchar por el mejoramiento social. Esas agrupaciones de obreros le dieron el primer triunfo electoral al partido Socialista de la Capital. Fue allá por el año 1904. Yo intervine en la propaganda de aquellas elecciones como pegador de carteles y distribuidor de volantes y manifiestos. Y en ellas triunfó el doctor Alfredo L. Palacios, que fue el primer diputado socialista argentino.
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De oficio carbonero (1904)

Una mañana de invierno, como se dice en las novelas de novelistas de oficio, el viejo se levantó más temprano que otros días y me despertó con esta invitación: —Vestite rápido, que tenés que vivir conmigo al puerto. Se trabajaba a destajo. Por cargar un carro de veinticinco o treinta bolsas se pagaban desde cincuenta centavos hasta un peso, pues la tarifa era materia de convenio particular entre cargadores y clientes, pero los precios oscilaban siempre entre cincuenta centavos y un peso por carrada. Cuando volvimos a casa, a la hora de comer, el viejo no me dijo nada; pero yo noté que estaba contento de mi comportamiento, porque antes de la sopa me sirvió un vaso de vino, y después de la comida me convidó con el primer cigarrillo.
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Justina y Manuel (1897)

Un matrimonio de la Boca, don Manuel Chinchella y doña Justina Molina, necesitaban un hijo que no tenían y se fueron a buscarlo a la casa donde unas mujeres pierden a los hijos que les sobran y otras encuentran a los que les faltan... Y así fue cómo el niño Benito Juan Martín, que cinco o seis años antes había sido depositado en el torno de la Casa Cuna, con un papel escrito con lápiz, un pañuelo bordado cortado en diagonal, y envuelto en pañales de seda, fué sacado de ella por un matrimonio sin hijos, que como único fortuna poseía una pequeña carbonería en la Boca.
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Una flor bordada (1890)

Nací el 1 de marzo de 1890. En rigor no estoy muy seguro de haber nacido en esa fecha, pues la verdad es que no lo recuerdo muy bien. Mi nacimiento se pierde en las sombras de lo desconocido y nunca me fue posible descubrir ese misterio de manera irrefutable. Lo único que pude saber y comprobar fue que el 21 de marzo de 1890 un niño de pocas semanas fue depositado en el torno de la Casa de Expósitos. Las hermanas de la Caridad que lo recogieron hallaron junto al niño un papel con estas palabras escritas con lápiz: “Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”.
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