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La Habana (1928)

Al final de aquel banquete neoyorquino recibí una invitación del conde del Rivero, director de “Diario de la Marina”, de La Habana, para realizar una exposición en los salones de su diario. [...] En mi exposición de Cuba vendí dos cuadros,uno de ellos adquirido por el propio Rivero. La Habana me hizo la impresión de una Andalucía tropical. Esos negros que hablan el español como andaluces transplantados... esas mulatas que parecen gitanas achocolatadas. Cuba es un país alegre, divertido, optimista. Parece que siempre viviera en día de !esta.

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Nueva York (1928)

Cuando el año 27 moría, embalé otra vez mis cuadros y partí para Nueva York a bordo del vapor American Legion. Lo primero que tuve que hacer allí fue agenciarme un intérprete, pues no conocía una palabra de inglés. Georgette Blandi, una mujer admirable, de esíritu inquieto, sensibilidad de artista y voluntad independiente, se constituyó voluntariamente en la madrina de mi exposición. Empezó por organizarme una comisión de honor, en la que incluyó a las personalidades más importantes de su conocimiento o amistad. En la comisión había algunos millonarios. Uno de ellos se llamaba míster Farrell y era uno de los magnates del acero. Me hizo una oferta tentadora para que yo me encargara de la pintura y decoración mural de sus estable - cimientos metalúrgicos.

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París (1926)

Durante mi permanencia en París frecuenté un tiempo, aunque no mucho, el café la Rotonde, en Montparnasse, donde se reunía una peña de artistas futuristas. Y como yo tenía curiosidad por conocer de cerca aquellos proselitistas del futurismo, escuela que todavía gozaba de cierta boga me hice pasar entre ellos como futurista. Les hacía dibujos raros, y ellos los encontraban estupendos. Cuanto más absurdos, más estupendos les parecían. Uno de mis dibujos se llamaba “El ojo del capitán mirado por el ojo de buey”, lo exhibían como modelo del arte del futuro, que debía ser, decían, introspectivo, analítico, subconsciente, freudiano y no sé cuántas cosas más. Encontraron en mí grandes facultades para pintar hacia adentro, como ellos preconizaban, y no hacia afuera, aunque en realidad la mayor parte de aquellos futuristas de la Rotonde no pintaban ni hacia afuera ni hacia adentro

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Sociedad Amigos del Arte (1924)

Resuelto a emprender la conquista de París, tuve que empezar por pertrecharme de cuadros para dar la batalla. Durante más de un año no hice otra cosa que trabajar de firme en mi taller de la Boca. Allí vinieron a visitarme unos señores que pertenecían a la Sociedad Amigos del Arte, para proponer me que hiciera una exposición en sus salones. Yo no tenía entonces ese propósito, pero como ellos insistieron terminé por aceptar. La muestra se abrió al público el 6 de noviembre de 1924, y en ella se vendieron varios cuadros. uno de ellos, Día de sol en el Riachuelo, fue adquirido por el Ministerio de Marina para el Centro Naval.

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Madrid (1923)

Durante más de un año no hice otra cosa que pintar y prepararme para la conquista de España. Por !n me embarqué en el vapor Infanta Isabel, en noviembre de 1922, con destino a Barcelona. Como no me sobraba el dinero, ni mucho menos, tuve que hacer el viaje a título de canciller del consulado argentino en Madrid, con un sueldo de trescientos pesos mensuales y mi correspondiente pasaje y pasaporte diplomáticos. Después me dirigí a Madrid donde exhibí ante el cónsul, Eduardo Schiaffino, mi nombramiento de canciller. Él se limitó a informarme de mi horario y de mi trabajo en el consulado. Y desde ese día me dediqué a cumplir con mis obligaciones burocráticas, durante seis horas diarias. Sacaba impresiones digitales, tomaba los datos de identidad, llenaba formularios y realizaba otros trabajos de oficina.

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Río de Janeiro (1920)

Taladrid fue designado por el presidente de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, para representar a esta sociedad en Río de Janeiro. Entendió que la mejor manera de comenzar ese intercambio era propiciando una exposición de mis obras, y nos embarcamos en noviembre del año 1920. Habíamos ido por un mes y nos quedamos seis meses a la espera de la sala. Una vez que estuvieron impresas las invitaciones, Taladrid me comunicó que la invitación al presidente de los Estados Unidos del Brasil, doctor Epitacio Pessoa, teníamos que llevársela personalmente. En mi portugués chapurreado, le hablé más o menos así: “Eu ten honra, seor presidente, de convidar a vosé a mi exposicao.”

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Galería Witcomb de Mar del Plata (1920)

Dos cosas tuve que hacer a partir de aquellas dos exposiciones mías: cambiar de casa y cambiar de nombre. Las dos cosas las hice a medias y por imperio de la comodidad. Mi pequeño estudio del altillo de la carbonería ya no me servía para trabajar, y me instalé con un estudio mayor en la calle Almirante Brown. Pero seguía yendo a dormir a mi pieza de la calle Magallanes. El Chinchella lo traduje fonéticamente y quedó en Quinquela. Y obtuve mi nombre completo Benito Quinquela Martín. Con esa ortografía hice mi exposición siguiente a la del Jockey Club, y que presenté en Mar del Plata, en el Salón Witcomb.

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Don Pío Collivadino (1917)

La elegancia de don Pío Collivadino corrió peligro de mancillarse cuando los dos atravesamos la carbonería para subir al altillo donde yo tenía mi pequeño estudio. [...] — Usted puede ser el pintor de la Boca y su puerto. Interesado por un cuadro que reproducía una escena del puerto dijo: —Aquí hay ambiente, carácter, fuerza. Y además una personalidad original; un modo distinto de ver y de pintar. Tanto me elogió el cuadro, que me pareció oportuno regalárselo. Y al día siguiente se lo mandé a la Academia de Bellas Artes. Pasaron varios días y no volví a ver a don Pío Collivadino ni a Facio Hebécquer. Pero al cabo de una semana o dos recibí la visita de otro señor, mucho más joven y también mucho más elegante, era Eduardo Taladrid, secretario de la Academia. Simpatizamos desde el primer momento y sellamos una amistad.

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El carbonero (1916)

El primer artículo que apareció en letras de molde sobre mi persona y mi pintura se publicó en la revista Fray Mocho un 11 de abril. [...] Una mañana opaca, en que la lluvia estaba al caer, peregrinando por la Boca, nos detuvimos a contemplar un pintor que, sentado en la proa de un velero, indiferente al mareante ir y venir de un barco en descarga, pintaba. Es decir, aquello no era pintar, era un afiebrado arrojar colores y más colores sobre un cartón. En manos de nuestro hombre, el pincel iba, venía, describía giros, volvía, resolvía con amplitud majestuosa, y segura; a su paso dejaba gruesas huellas que aparecían desordenadas e incongruentes en un principio, pero que bien pronto adquirían forma y cierta concordancia, grotesca casi, para formar en - seguida un cuadro de una belleza sorprendente, insospechable en un rincón gris y sucio del Riachuelo.

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Aprender y enseñar (1917)

Las noches que no tenía academia acudía a la Sociedad de Caldereros, que tenían una pequeña biblioteca, o al Centro Socialista [...] Me pasaba las veladas leyendo a Kropotkine, a Gorki, a Dostoievski y otros autores rusos que ocupan un estante especial. Que un vagabundo como Gorki describiera insistentemente la vida de los ex hombres, con un espíritu de comprensión y de redención humana, o que un ex presidiario genial como Dostoievski prefiera los personajes condenados o condenables a las personas normales, me parecía natural y explicable. Pero que el príncipe Kropotkine hubiera renunciado a todo por defender sus ideales de justicia sociales, me producía tanta admiración como sorpresa. Y es que entonces recién empezaba yo a comprender que la conciencia que el hombre pone en su vida y en su obra vale más que la corona de los príncipes.

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