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El temor a la epidemia de los pobres. Buenos Aires y la fiebre amarilla de 1871

Por Daniel Herrera / Buenos Aires Historia.org

Lo que tampoco cambia es que unos se aprovechen del mal de otros,
como muy bien saben desde el principio del mundo
los herederos y herederos de los herederos.
Saramago, Ensayo sobre la ceguera

Cada vez que le veía recordaba este proverbio, que mi madre
acostumbraba a decir: “Guárdate de los señalados de Dios”.
Arlt, El juguete rabioso

En medio del calor que impregnaba los primeros días de aquel febrero, y como ordenaba la tradición, la sociedad porteña se afanaba en los preparativos para celebrar el carnaval. Las comparsas, con su bulla y su alegría, ensayaban a marchas forzadas. Por la calle del Parque, por mencionar una de tantas, la actividad era frenética: “todos se esmeran, todos se empeñan, todos contribuyen al adorno general; no sólo dando plata para el embellecimiento de la calle propiamente dicho sino empavesando sus casas, iluminándolas con guirnaldas, cortinas de seda y cenefas de flores”[i]. La expectativa era tal y el avance de los preparativos tan prometedor, que según anotaba un periodista de El Nacional, se podía asegurar que “este carnaval hará época en los anales de Sud-América.”[ii]

De algún modo funesto, quien hacía pronósticos tan ambiciosos no se equivocaba del todo. Aquel febrero sería singular, pues mientras que por diversos rumbos de la ciudad los vecinos se entregaban a la emoción de las fiestas, en las calles del barrio de San Telmo ardían altas las hogueras, con fuegos que luchaban por purificar el aire. Era el año de 1871, y la que hasta entonces fuese la ciudad de los Buenos Aires recibiría la visita de la fiebre amarilla. La muerte había tocado puerto.

La fiebre amarilla, infausto mal que ya en 1858 había visitado la ciudad, y que aún habría de volver en 1874, se apoderó de Buenos Aires en aquel fatídico año de 1871 con una violencia epidémica que, ni antes ni después, habría de verse más. Durante casi cinco meses –desde febrero hasta finales de junio-[iii] la enfermedad fue reina y señora de la capital argentina, y a sus pies quedaron postradas más de 13,500 personas[iv]. Para los hombres y mujeres de la época, aún cuando los brotes epidémicos de grandes magnitudes no les eran ajenos –recordemos que tan sólo tan sólo tres años antes, 1868, el cólera había cobrado una alta taza de mortandad- la epidemia de fiebre amarilla fue un duro golpe cuyos dramáticos estragos permanecerían en la memoria colectiva.

A la luz de este triste acontecimiento, podemos identificar una serie de factores que operan en el marco social de la época, pero que en un momento de crisis como este, afloran con particular claridad. Siguiendo la idea de Diego Armus, el estudio de la enfermedad puede ser el argumento nodal que abre la posibilidad de múltiples lecturas sobre fenómenos sociales diversos.[v] Así, nuestro interés en el presente trabajo radica en mostrar la manera en que una clase social, los estratos bajos del pueblo, y dentro de ésta un grupo étnico, los inmigrantes italianos radicados en Buenos Aires, fueron señalados con mayor o menor disimulo como los responsables de la enfermedad. ¿Bajo qué argumentos? ¿Qué implicaciones culturales le subyacen a tal fenómeno? Serán las preguntas que intentaremos responder.

Las aguas de la podredumbre
Hacia finales de la década de 1860, las condiciones higiénicas en Buenos Aires, como en la mayoría de los centros urbanos de la época, dejaban mucho que desear. Sin una estructura sanitaria que regulara las prácticas y preservara los espacios libres de contaminación, los problemas que la ciudad enfrentaba, como era de esperar, no eran pocos ni menores. Al transitar por sus calles, sin importar demasiado el barrio que fuere, el caminante tropezaba a cada paso con residuos sólidos y cuerpos de aguas estancadas donde se acumulaban “las peores inmundicias”, viéndose obligado a lidiar con basuras y suciedades que no sólo ofendían la vista y el olfato, además llenaban de preocupación “por cuanto ellas descomponen el aire originándose de ahí malignas enfermedades”[vi].

Las casas de inquilinato o conventillos, espacios representativos del hacinamiento y la miseria en que vivían los estratos más bajos –muchos de ellos inmigrantes-, eran otro de los motivos de consternación para la prensa. Pero acaso el más grave de todos los problemas sanitarios, o por lo menos el que suscitaba el mayor encono en las páginas de los diarios, era la contaminación del Riachuelo.

El Riachuelo, la corriente de agua que descargaba el afluente del Río Matanzas en el Plata, era empleado como vertedero de desechos, sobre todo los que provenían de los numerosos mataderos y saladeros instalados en sus orillas. En sus aguas turbias confluían los despojos de los saladeros con los desechos que arrojaba la población y las basuras que se lanzaban desde los buques que hacían escala en la costa, y no era raro contemplar el desagradable espectáculo “de animales muertos y putrefactos abandonados allá y acullá: caballos, perros, gallinas y muchísimos peces, todos los cuales con su hediondez nauseabunda apestaban el aire”[vii], lo que volvía al paseo Colón una avenida prácticamente intransitable. “¿Hasta cuando respiraremos el aliento y beberemos la podredumbre de ese gran cadáver tendido a espaldas de nuestra ciudad?” se preguntaba un articulista[viii].

Se puede decir, sin temor a exagerar, que diariamente y sobre todo durante los primeros meses de la epidemia, aparecía por lo menos una nota en los diarios que denunciaba acremente el peligro que la contaminación del Riachuelo representaba para la salud de la comunidad. A una sola voz, los médicos y la opinión pública denunciaban que la ciudad, “infestada por las exhalaciones pútridas del riachuelo”, vivía bajo una terrible amenaza, pues “a cada instante se espera a la muerte condensada en los horribles flajelos del cólera o de la fiebre amarilla”[ix].

Por si las condiciones insalubres del Riachuelo fuesen poca cosa, la situación se veía agravada por el hecho de que no se contaba con un sistema de agua corriente y ni el agua del río que se distribuía en la ciudad ni la de los escasos pozos particulares existentes tenía control sanitario alguno[x]. Por esto Nicolás Avellaneda no estaba muy alejado de la verdad al atribuir en un artículo de marzo de 1871, el origen de la enfermedad a “las aguas que nos sirven para los usos de la vida, alteradas por la sangre y los líquidos que con ella se mezclan”[xi].

Toda vez que los llamados focos de infección eran tantos y tan difícil su eliminación, las voces de alarma suenan cada vez con mayor fuerza al correr de los días. Se teje entonces, ante el rápido aumento que se percibe en el número de enfermos, un intenso debate en el que participan por igual los responsables de la prensa que los médicos colegiados, respecto a si se trata en realidad de la temida fiebre amarilla y si ésta había adquirido la fuerza suficiente como para ser considerada una epidemia. “Apóstoles del embuste” llama El Nacional del 23 de enero a aquellos que sueltan “los rumores alarmantes” sobre la presencia de la enfermedad.[xii] Para el día seis de febrero se concede que hay “un mal” entre la población, pero que sólo se trata de una cosa pasajera, delimitada en el radio de un par de calles. En el agitado mar de opiniones encontradas que se desata, y ante el peso de las evidencias[xiii], el mismo diario se ve obligado a corregir la plana al día siguiente y reconocer lo inevitable: “El pueblo ya sabe que la fiebre amarilla hace actualmente numerosas víctimas en uno de los barrios de esta ciudad. No hay pues para que andar con misterios y conviene decirle clara y francamente la verdad para que tome las precauciones que la ciencia recomienda en estos casos”[xiv].

Los enfermos se empezaban a agolpar a las puertas de la parroquia de San Telmo, y por las calles, en otros tiempos alegres y plenas de actividad, el lúgubre sonido del viático se convertía en la música de fondo de la desgracia cotidiana. Mientras el pánico cundía cada vez más por las calles de Buenos Aires, uno de los médicos más reconocidos, el Dr. Juan Ángel Golfarini, responsable del cuerpo médico de aquella parroquia, daba a conocer al público, el 22 de febrero, un cuadro estadístico sobre la mortalidad de la enfermedad, rebelando que en San Telmo se habían atendido 49 enfermos, contando sólo tres defunciones. Golfarini agregaba que, si bien existía la enfermedad, había “una gran desproporción entre la verdad de los hechos” y “la algaraza, la alarma y el ruido que se produce”. No había, remataba el médico, “porque alarmar los espíritus en tal alto grado, ocasionando muertes reales con una peste artificial y de capricho, pues no debe olvidarse que hay gente que se enferma y muere de susto”[xv]. Las noticias reconfortantes del Dr. Golfarini no bastarían para acallar el miedo, y el clamor popular no se haría esperar: la población exigía una respuesta de las autoridades, en el sentido de combatir los focos de infección.[xvi]

Ante la contundencia de la epidemia, que poco a poco se apoderaba de la ciudad, y atendiendo los reclamos de la opinión pública, el presidente Sarmiento (1868-1874) tomó la resolución, a mediados de febrero, de ordenar el cese de las actividades de los mataderos y saladeros apostados a las orillas del Riachuelo, a partir del primero de marzo, y hasta que la epidemia fuese erradicada. Con ello se buscaba combatir “aquellas cosas que puedan infeccionar el aire que respiramos”, contando “en primer término los Saladeros y el Riachuelo de la Boca”, responsables, según se creía, del brote epidémico.[xvii]

San Telmo, ese antro de muerte
Así se pintaba al barrio de San Telmo en una nota periodística[xviii], y es que, desde finales de enero, los primeros casos registrados de enfermos con fiebre amarilla se habían registrado en algunas casas de inquilinato ubicadas sobre la calle Bolívar, entre San Juan y Cochabamba, de aquella parroquia. A partir de ahí, el flagelo de la peste se había apoderado del barrio entero, avanzando inexorablemente casa por casa, hasta vestir de luto todas sus calles.

La explicación de cómo había comenzado la enfermedad y por qué se había cebado precisamente en aquel punto de la ciudad no quedaba del todo clara, puesto que para la época, la etiología –y por consiguiente la profilaxis- de la fiebre amarilla aún era un misterio. Conforme transcurrían los días, la idea de que en San Telmo había una epidemia se convertía en una certeza, y la única explicación posible debía buscarse en el Riachuelo. A este se debía que el aire que se respiraba en la zona fuera “el más pútrido que puede ser imaginado”, y en este aire pútrido, lleno de exhalaciones miasmáticas, tenía su origen la enfermedad. En el imaginario colectivo, las “exhalaciones venenosas del Ganges bonaerense”, causadas por la acumulación de deshechos de los saladeros, se concentraban en aquel rumbo de la ciudad, “cerca del cual la pútrida corriente derrama su líquido pestífero en el Río de la Plata.”[xix]

Al suscitarse los primeros casos de fiebre amarilla en San Telmo, la opinión pública y sobre todo los médicos vieron corroboradas sus concepciones científicas: la peste había venido del norte, o como lo expresaba en tonos coloquiales una opinión del diario, “la maldita fiebre amarilla fue importada desde el Paraguay, costa abajo hasta Buenos Aires; alguno de esos apestados se posesionó en el barrio de San Telmo, y tuvo el mal gusto de morirse y dejar el jermen del mal, contaminando a los demás”[xx]. Al reinar en la zona los focos de contagio, con los numerosos conventillos establecidos en el barrio, los lugares en la calle donde se acumulaban basuras y aguas estancadas, y por encima de todo, los miasmas provenientes del Riachuelo, la fiebre tenía que encontrar ahí un hogar natural.

Según la concepción de la enfermedad imperante en la época, el “germen del mal” estaba en las exhalaciones nocivas llamadas miasmas. Aún pasarían varios años antes de que Pasteur diera con la teoría bacteriológica, y sería hasta 1881 que el cubano Carlos Juan Finlay identificara al mosquito Aedes aegypti como el agente transmisor de la fiebre amarilla[xxi]. En el momento, la única explicación posible para la enfermedad, se basaba en la teoría miasmática. Los miasmas eran efluvios nocivos que emanaban de la corrupción de los organismos y por tanto, existían a partir de una amplia variedad de fuentes: cadáveres humanos y animales, personas enfermas, excrementos y desechos corporales, materia vegetal en descomposición, agua pútrida o emanaciones que surgían de la tierra. Estos “efluvios”, “emanaciones” o “vapores mefíticos”, como eran designados, ascendían a la atmósfera, donde quedaban suspendidos, y era el viento el que se encargaba de difundirlos entre la gente.[xxii]

Para el imaginario colectivo, la enfermedad se originaba en los sitios insalubres, de donde emanaban esos terribles miasmas que impregnan el resto de los espacios de la ciudad. Pero a la vez, la enfermedad se podía transmitir por el contacto con las personas afectadas por el mal, por ello, no sólo era temible el espacio sucio, el barrio mísero y sus conventillos, sino también quien en ellos habita, el pobre. Con esto vemos la manera en que opera una noción de enfermedad que se construye socialmente, integrando elementos tanto de la teoría miasmática como de la contagionista, construcción que, según Paul Slack, es una noción muy común en las explicaciones que la gente daba de las epidemias: “casi todas las epidemias fueron vistas por sus contemporáneos, como si fuesen transmitidas de persona a persona, y como si surgieran de condiciones locales con preponderancia usual a la mugre: nociones de ‘contagio’ y ‘miasma’, en un tipo mucho más ambiguo, se combinaban”.[xxiii]

Ya Hipócrates (s. v a.C.) había planteado la relación entre salud y medio ambiente, relación que los partidarios de la teoría miasmática pondrían de relieve al postular que el miasma era una influencia externa al cuerpo que se adhería a él, y alteraba el “equilibrio” natural entre el organismo y su medio.[xxiv] Por lo tanto la labor del médico, como “conocedor de la ciencia y dispensador y protector de la salud”, según lo definiera el Dr. Golfarini[xxv], era restablecer ese equilibrio, eliminando cualquier amenaza que pudiera darse en el medio ambiente.

Como advierte Alain Corbin, en este escenario se asociará lo malsano con todo aquello que ofrezca un olor desagradable, siendo el olfato el sentido del que disponía el hombre para identificar el peligro: “el olfato advierte la amenaza: discierne a distancia la podredumbre nociva y la presencia del miasma” (2005: 14). Esto cambiará la relación que el hombre tiene con su entorno; lo obligará, ante el peligro de contraer una infección, a estar atento de lo que percibe como corrupto. Aguas estancadas, acumulación de desechos y despojos: todo dará la señal de alarma por su olor nauseabundo. Esta idea era plenamente aceptada por los hombres de la época, como lo deja ver con toda claridad una nota del diario al decir que  “No se necesita ser hombre  de la ciencia para comprender que los saladeros y el riachuelo son focos de infección. Basta ser hombre de narices para afirmarlo con conciencia”.[xxvi]

Febrífugos, italianos y gente de mal vivir
Para el 22 de febrero, una vez terminadas las fiestas del carnaval, aparece en el diario una reflexión sobre como, a comparación de años anteriores, este carnaval lució más modesto y sin las explosiones de alegría acostumbradas. El articulista concluye que tal decaimiento en los ánimos obedeció, principalmente, a los estragos de la guerra franco-prusiana, que se desarrollaba por entonces en el viejo continente y cuyos resultados adversos para la nación gala habían paralizado el comercio y minado el espíritu de la colonia francesa de Buenos Aires, otras veces tan animada. La baja también se explicaba por la guerra de Entre-Ríos, sin olvidar “la presencia del terrible flajelo que azota a una parte de la población”.[xxvii] Por aquellos días, contrariamente a la opinión del cuerpo médico, que ya para entonces ha formado comisiones de higiene en cada parroquia de la ciudad, la sociedad porteña en general tiene conciencia de que en San Telmo se ha cebado el mal de la fiebre amarilla, pero, según se aprecia en los testimonios, lo considera aún como algo ajeno, como un mal que sólo atacaba en un punto específico de la ciudad, por sus condiciones insalubres, y sólo a los que ahí habitaban.

A los pocos días se publicaría la estadística mencionada antes del Dr. Golfarini y ésta corroboraría tal impresión. A simple vista se notaba que la epidemia era “mansa y sin dientes” como dice el facultativo, y que sólo arrancaba la vida entre la gente de San Telmo, de estrato muy humilde en su gran mayoría: mujeres que trabajaban como costureras, planchadoras o cocineras, y hombres que se ganaban la vida como albañiles, changadores, carreros o pescadores. Hasta ese entonces, la epidemia no cobraba la vida de más de veinticinco personas al día en promedio y no lograba burlar los cercos sanitarios que la Comisión de Higiene había implementado en torno al barrio de San Telmo, por lo que parecía que la situación sería controlada.

Pero el optimismo no duraría mucho, cuando para las primeras semanas de marzo la epidemia da un brusco salto, tanto cuantitativo como geográfico. El día seis de ese mes se registran por primera vez más de cien defunciones en un sólo día, y desde ahí la cuenta diaria no habría de descender a menos de la centena hasta prácticamente los inicios de mayo. Muy por el contrario, las cifras se dispararían en una escalada atroz, y lo que al último día de febrero era una alimaña mansa que había enterrado sólo a 290 personas, para el cierre del mes siguiente era una bestia incontenible que había arrancado la vida a 4703 individuos.[xxviii] La epidemia, esa que Francisco Uzal había descrito con mucha visión desde inicios de febrero, cuando decía “en la parroquia de San Telmo asoma su espantosa cabeza el monstruo insaciable de carne humana- la fiebre amarilla”[xxix], había superado las débiles medidas sanitarias y ahora devoraba a la ciudad.

Conforme la violencia de la peste va en ascenso se da, según creo, un cambio sutil pero por demás significativo en la manera en que la opinión pública percibe la enfermedad, de donde provenía, quienes y cómo la padecían, y por consiguiente, quienes la transmitían. Como mencionaba líneas arriba, marzo, desde el principio, contaría una historia muy distinta a la que había sido febrero. Los pobladores de Buenos Aires, aterrados, sin saber bien a bien cómo se contraía la enfermedad, sin una estructura médica capaz de dar atención al enorme número de enfermos que día a día aparecían, sin contar con una respuesta clara de las autoridades tanto municipales como gubernamentales, y en medio de las condiciones sumamente insalubres en que se encontraba la ciudad, tenían escasas posibilidades de escapar al contagio.

Cuando esto sucedía, la persona afectada o febrífugo, presentaba síntomas como decaimiento del cuerpo, dolor en la espina dorsal, en la cabeza y en la cintura; no era extraño que la lengua adquiriera un tono obscuro y que el cuerpo se viera atacado por violentos escalofríos.[xxx] A partir del contagio la enfermedad evolucionaba en un lapso de aproximadamente seis días, en los que atravesaba por dos fases, siendo en la segunda cuando aparecía el vómito de bilis y sangre, rasgo característico de este mal y al que se debe que también se le conociera por fiebre biliosa[xxxi]. Al cabo de estos seis días se decidía la suerte del paciente, a menudo con perspectivas poco optimistas.

Desde los tiempos más tempranos de la epidemia, un presupuesto orientó los juicios de la opinión pública: el de que la enfermedad, por las propias condiciones de vida de la gente pobre, atacaba con mayor ferocidad a esta franja de la sociedad. Si el mal provenía de la descomposición de la atmósfera, y si las condiciones más insalubres se encontraban en las zonas pobres de la ciudad, era lógico que los que ahí vivían contrajeran el mal con mayor facilidad. Sumado al medio, había factores que de algún modo predisponían a las clases bajas al contagio: “La falta de aseo, la alimentación mal sana de las familias, basta y sobra para hacer jerminar un mal que pequeño al nacer, como una chispa, no tarda en propagarse adquiriendo las proporciones colosales y voraces de un verdadero incendio.”[xxxii] La conjunción del medio insalubre y las condiciones de vida de las clases bajas, que moraban en los cuartos reducidos, húmedos y sucios de las casas de inquilinato, además de la falta de aseo personal, les condenaba a ser el pasto de las epidemias.

Esto se vio corroborado por la experiencia durante la epidemia de cólera de 1868, y ahora, cuando el virus se apoderaba de San Telmo, uno de los barrios populares de la ciudad, no quedaba lugar a dudas. La gente caía enferma con gran facilidad y sus organismos, débiles y mal alimentados, tenían la batalla perdida de antemano. Conforme el porcentaje de enfermos aumentaba, así disminuían las oportunidades de recibir asistencia médica, pues el número de facultativos era insuficiente para atender todos los llamados y el Estado no contaba con la infraestructura necesaria para enfrentar un mal de semejantes proporciones. “La gente pobre se muere amontonada en los pequeños cuartos que les sirven de habitación, sin haber sido atendidos ni por la medicina ni por la caridad –lamentaba el editorialista de El Nacional- y muchos de los que perecen en el aislamiento se salvarían si fueran atendidas con tiempo, si el médico a su cabecera pudiera estudiar el desarrollo de su mal y prestarles su cooperación.”[xxxiii]

Al calor de la epidemia, cuando ésta recrudece y se abalanza sobre una población indefensa, el cuatro de marzo aparece publicada en la prensa una “curiosa” observación: en virtud de cálculos –que por lo menos llamaríamos dudosos-, se afirmaba que, de los atacados por la epidemia en San Telmo, tres cuartas partes de las víctimas eran de nacionalidad italiana. La cuestión era de llamar la atención y suscitaba posibles respuestas. Podría deberse a las malas condiciones en que vivían los inmigrantes, que al pisar tierra argentina a menudo buscaban vivienda por aquel rumbo. Podría ser que el hacinamiento estuviera acabando con la vida de los italianos. Otra posible explicación de tan “curioso” fenómeno era que, de todos los vecinos de San Telmo, los italianos constituían una abrumadora mayoría con respecto a otros grupos. ¿Podría ser?

El autor de la nota afirmaba que en San Telmo “no existen más de dos casas de hospedaje, llamadas conventillos o cuarteles” y que las condiciones higiénicas de ambas eran aceptables, que excluían “los peligros de la aglomeración” y finalmente, que en ellas no se había dado una sola defunción por fiebre amarilla.[xxxiv] Como veremos más adelante, esta opinión no podría ser más contrastante con respecto a lo que se escribía sobre los famosos conventillos tan sólo un mes después y aún con respecto a notas aparecidas por aquellos días de marzo. Por otro lado, decía la nota, la población italiana era mayor que la venida de otras procedencias, pero en conjunto, esta era inferior a la suma de todas, incluida la argentina. Entonces, ¿a qué respondía tan peculiar fenómeno?

La respuesta era más bien sencilla: salvo “los pocos italianos cultos y sensatos” que vivían en Buenos Aires, una “muy limitada mayoría” ciertamente, el grueso de los italianos estaba compuesto “de gente muy ignorante, estúpida y supersticiosa”. Estos hombres y mujeres, que por orientados por su “fanatismo” rechazaban la asistencia médica, sucumbían “por su propia ignorancia”:

¿Qué sucede entonces? Algunos amigos o parientes del enfermo, tan estúpidos y supersticiosos como él, rodean el lecho y celebran sus consultas. Cada uno da su opinión y recetan según su ciencia. Uno cierra las puertas y ventanas y tapa hasta las junturas de éstas para que los frailes no puedan arrojar dentro los polvos orijen de la peste. Otro, pronuncia algunos exorcismos haciendo cruces al enfermo para conjurar el espíritu maléfico que cree se le ha metido en el cuerpo. Quien le aplica en el estómago un pollo negro abierto en canal.[xxxv]

¿Los italianos rechazaban el auxilio médico por mera y llana estupidez? Evidentemente no, y lo que priva entre ellos es más bien cierta reticencia pues “se les ha ocurrido que la peste la hechan los frailes o los médicos para acabar con ellos”. La observación –no exenta de cierto humorismo involuntario- encierra una circunstancia dramática, pues ahí encontramos uno de los fenómenos clave en la historia de las epidemias. Como lo ha señalado Slack, a lo largo de la historia la constante ha sido que, al presentarse una enfermedad contagiosa de estas proporciones, lo natural sea señalar a los pobres y los inmigrantes como responsables de la enfermedad: los pobres por estar “imbuidos” en una supuesta esfera de degradación moral y física, y los inmigrantes por su ausencia de vínculos con el grupo social, por ser un intruso que amenaza con romper el orden de las cosas. Del mismo modo, la respuesta que adoptan estos grupos marginales, es la de acusar a los sectores dominantes o grupos de poder de lanzar la enfermedad contra ellos, como una medida para erradicarlos.[xxxvi]

Según aclaraba una nota aparecida coincidentemente el mismo día, “los casos ocurridos en distintos barrios no han tenido repercusión, y han afectado generalmente a personas de mal vivir y generalmente a casas de inquilinato.[xxxvii] A partir de opiniones como ésta se construye una imagen estigmatizada de esas personas de mal vivir que moraban en los conventillos, es decir, de las clases pobres, integradas en buena medida por los inmigrantes venidos allende el mar.

La enfermedad, el pobre y su morada
Bajo esta lógica cambia el punto de atención sobre las causas de la enfermedad, pues mientras poco tiempo atrás se reputaba al Riachuelo como la mayor amenaza para la salud de la ciudad, ahora se afirmaba sin lugar a dudas que el conventillo “era el foco más poderoso de la epidemia”[xxxviii]. Si bien los saladeros habían suspendido sus actividades desde el primero de marzo y por ello lógicamente cesó un poco la preocupación por la contaminación del Riachuelo, y por ende las notas en la prensa al respecto, las fuentes reflejan no sólo un aumento en cuanto a las opiniones que se ocupan del estado de las viviendas de las clases bajas, sino además, una reprobación, expresada en términos más abiertos y sin miramiento alguno.

Desde que cundió el flagelo en San Telmo, las autoridades médicas externaron su preocupación por el estado de las casas de inquilinato, solicitando a la Municipalidad ordenara el desalojo de algunas. Pero, cuando la enfermedad corrió por toda la ciudad, los desalojos se plantearon como una medida indispensable y a costa de lo que fuese. Así lo dejaba ver la prensa, cuando por consenso le declaraba “la guerra a muerte a todos los conventillos y focos de infección que existen en la ciudad”. La cruzada empezaba por un conventillo ubicado sobre la calle México, entre Perú y Bolivia, en el que, según el diario, vivían más de cien personas en apenas catorce pequeños cuartos de madera, en medio de una insalubridad que no resulta difícil imaginar. Ante el peligro que representaba “tan inmundo local”, el periódico El Fénix exigía que el conventillo fuese examinado por la Comisión Parroquial y puesto en condiciones higiénicas, “arrojando a la calle a los que tan directamente contribuyen al desarrollo de la epidemia”.[xxxix]

¡Guerra a la inmundicia! Se proclamaba en los diarios, siguiendo un argumento muy preciso: la salud y el bienestar del cuerpo social estaban por encima de los derechos y las libertades de los individuos. Por lo tanto, si los conventillos y quienes ahí vivían eran una amenaza para la salud de la sociedad en su conjunto, entonces era válida cualquier medida que se tomase para erradicarlos, por dolorosa que ésta fuera. De tal modo, ante la falta de energía de las autoridades, se hacía un llamado al pueblo para que, apelando a su soberanía, procediera a desalojar los conventillos, pues cada uno era un foco de infección. “Todo lo que [el pueblo] haga en defensa de la ley suprema de la sociedad –recordaba el diario a sus lectores- es bueno y legítimo”.[xl]

La epidemia, como resulta a menudo durante los periodos de crisis, sacaba a la luz tensiones sociales que siempre habían estado presentes, pero que era difícil confesar en tiempos normales. La condena hacia los conventillos y claro, hacia “sus poco higiénicos moradores”[xli] no había surgido a partir de la fiebre amarilla, pero su aparición permitía reclamar medidas enérgicas para corregir esas máculas de la sociedad. Ya desde 1868, tras la epidemia de cólera que golpeó a la ciudad, los médicos habían propuesto, para supervisar la limpieza de la población y como medida preventiva ante de una epidemia futura, perseguir el miasma en todos los rincones de la ciudad, públicos y privados, hasta acorralarlo en los últimos y más míseros reductos, en los conventillos. En la idea de preservar la salud del organismo social, aún cuando ello implicase sacrificar el espacio del individuo –no de cualquier individuo, claro está- en aras del bien común, la salubridad se definirá en términos similares a lo que Passot dijese sobre la Francia de mediados de siglo: “la salubridad de una gran ciudad es la suma de la de todas sus habitaciones privadas”.[xlii]

Se formularía entonces el recurso de las visitas domiciliarias como una necesidad, aunque tampoco de cualquier domicilio. Se trataba, como dice González Leandri, de visitas a la morada del pobre, “y, por lo tanto, de una peculiar adaptación de la idea del foco de infección”.[xliii] De identificar el peligro de la epidemia con lo sucio, con lo que apesta, y de ahí a verlo en la persona, el espacio y las prácticas del pobre, no había más que un paso, paso que Corbin ha definido perfectamente: entre los médicos higienistas del xix, dice, “la estrategia que se aplica operará claramente la división entre el burgués desodorizado y el pueblo infecto”.[xliv]

Un claro ejemplo de lo selectivas que eran las medidas contra la epidemia y de la alarma que despertaba la presencia y el contacto con los pobres, lo encontramos en dos proyectos de ley presentados en las cámaras por el diputado Augusto Marcó del Pout, precisamente durante los días más álgidos de la epidemia. Sus propuestas consistían, por un lado, en evitar la sobrepoblación y el hacinamiento en las viviendas, y por otro, en regular la práctica de la mendicidad.

Respecto a las viviendas, por la certeza de que la aglomeración de personas en un recinto corrompía el aire por las exhalaciones miasmáticas que se desprendían de ellas, se pretendía evitar que estas albergaran más habitantes de los que higiénicamente podían contener sus habitaciones. Pero la prensa, entre elogios y lisonjas para el diputado, se encargaba de aclarar que la medida estaba dirigida casi exclusivamente para los conventillos, pues aún cuando incluía las casas de familia donde habitasen demasiadas personas, “es indudable que en su aplicación sólo tendrá que surtir efectos en las casas de hospedaje e inquilinato, únicos que en esta ciudad se encuentran en el caso y condiciones que perjudican a la higiene y a la salud de la comunidad.”[xlv]

Acerca de la mendicidad, la propuesta era castigar por ley, bajo el cargo de vagancia, a todo aquel que fingiese ser un mendigo. Aunque el comentarista expresaba que esto era una injusticia, pues “la ley de vagos no es otra cosa que un azote para los pobres, sin fuerza, ni eficacia para los ricos”, hacía una descripción del mendigo en términos muy duros, y para los objetivos de este trabajo, reveladores: los mendigos eran aquellos que “se cubren con los más inmundos harapos, y convertidos en focos ambulantes de infección, cruzan las calles ensuciando con su contacto al transeúnte.”[xlvi]

La idea que asocia la pobreza con la mugre data de muy atrás, por lo menos en Occidente. Ya desde la baja Edad Media, la pobreza llamada “involuntaria”[xlvii] era percibida como un síntoma inequívoco de “degradación de la dignidad del hombre”[xlviii], y al pobre, como un ser inficionado, al que se trataba con menosprecio y rechazo por su naturaleza vulgar (ignobilis, vilis), que se distinguía por ciertos rasgos muy precisos, como la fealdad y la suciedad. Según Michel Mollat, “sucio, harapiento, nauseabundo, cubierto de úlceras, el pobre se vuelve repugnante (abjectus)”[xlix]. En adelante, el pobre será visto como irremediable portador de estos rasgos, como una persona sucia, ignorante, contaminada y capaz de contaminar a los demás.

En el pobre lo sucio se convierte en un rasgo innato, un pesado estigma con el que debe cargar. Atendiendo a lo expuesto por Goffman, el estigma cumple las veces de una justificación moral de una situación de desigualdad, pues explica no sólo la inferioridad humana de un individuo o grupo social, sino, por ende, la superioridad de aquel o aquellos que se perciben y reconocen frente al otro como “normales”.[l] Por lo tanto, el estigma juega un papel fundamental en el orden de una sociedad al definir los roles sociales que corresponden a unos y otros, los que son “normales” y cuentan con la aprobación del grupo, y los que no lo son.

Pero ¿existe una relación entre esta construcción cultural y la percepción de la enfermedad? Definitivamente. Ante la imposibilidad de explicar cabalmente el origen de la enfermedad, la teoría miasmática desarrolló, como hemos visto a través de los testimonios sobre la epidemia, un importante nexo metafórico entre la suciedad y la enfermedad, y a la vez, entre ambas y los grupos sociales a quienes se responsabilizó de portar y transmitir el mal. Como han demostrado Corbin y Vigarello, la pauta cultural que identifica lo sucio como algo indeseable o nocivo en oposición directa a la idea de virtud, blanca y aséptica, adquiere total sentido en el proceso que se da con las élites de occidente, cada vez más obsesionadas por alejar lo que se perciba como sucio, y cuya expresión material es el progresivo perfeccionamiento de las tecnologías de la higiene, así como el desarrollo de una cultura relacionada con la prevención y erradicación de la enfermedad, y con el creciente afán por regular los cuerpos y los hábitos.[li]

Consideraciones finales
La epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires durante los primeros meses de 1871 constituye, en el marco interpretativo de la historia social de la enfermedad y de la historia de las ideas, una valiosa oportunidad para constatar las tendencias generales que se dan en este tipo de situaciones, y claro, las tensiones sociales que se daban en un periodo significativo del pasado de la Argentina. En el plano de fondo, se observa una vez más como, al presentarse una epidemia, los grupos de poder, cuya voz en este caso es representada por la prensa escrita, enfocan su atención sobre las clases marginales, a quienes se les estigmatiza como portadores y transmisores naturales de la enfermedad.

En el escenario particular de la Argentina del xix, identificamos uno de los rasgos que se dan con el proceso migratorio que la nación, y particularmente Buenos Aires, vive. Los inmigrantes pobres que descendían de los barcos y se instalaban en el barrio de San Telmo, y después los pobres en general, sin distingo de nacionalidad, serán vistos como sujetos peligrosos, cuyas formas de vida, sus espacios y prácticas, podían amenazar la salud del cuerpo social. El pobre, por su miseria, es visto como un ser degradado, sucio, y por ello proclive por naturaleza a contraer enfermedades. Por ello, en nombre del bienestar de la comunidad, las élites intentarán implementar progresivamente mayores medidas de control sobre todos los aspectos de su vida, lo que constituye uno de los rasgos esenciales de la modernidad.

 

Hemerografía

El Nacional, Buenos Aires, de enero a mayo de 1873.
La Nación, Buenos Aires, febrero y mayo de 1873.

Bibliografía

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[i] El Nacional, 17 de febrero de 1871, p.2.

[ii] El Nacional, 6 de febrero de 1871, p.2.

[iii] Aunque ya para finales de enero se habían registrado 6 defunciones por este mal, la epidemia cundió en su forma más violenta a partir de febrero. Cabe mencionar que, según un registro estadístico de la Asociación Médica Bonaerense, este cuerpo tenía noticia de la presencia de la enfermedad en la ciudad desde el 25 de diciembre del año anterior. Revista Médico Quirúrgica, 8 de junio de 1871, p.67.

[iv] Por la natural dificultad para registrar el número total de decesos, la cifra final es aproximada. Según La Nación, hasta el 12 de mayo se contaban 13, 428 defunciones, cálculo que es complementado por una estadística de la Asociación Médica Bonaerense que registra, hasta el último día de mayo 13,727. La cifra más escandalosa es la que publicó el diario porteño Standart, que para principios de mayo contabilizaba 26,200 muertes, lo que carece obviamente de fundamento alguno. Según la estadística de la mortalidad, recogida y publicada en 1873, el número ascendía a 13,761, cifra que tomamos como el cálculo más fidedigno. La Nación, 12 de mayo de 1871, p. 2; Revista Médico Quirúrgica, 8 de junio de 1871, p. 67;  Estadística de la mortalidad ocasionada por la epidemia…, 1873.

[v] Armus, Diego, “Cultura, historia y enfermedad. A modo de introducción”, en Armus (ed.) Entre médicos y curanderos, 2002.

[vi] El Nacional, 16 de febrero de 1871, p.2. Algunos autores han reparado en el hecho curioso de que, al no haber un sistema de recolección de basuras eficiente, hasta 1870 era común la práctica de almacenar estos desechos, empleándolos para relleno de las calles o como un suelo artificial para dar elevación a las casas. Ver Salessi, Jorge, Médicos, maleantes y maricas, 1995 y Di Liscia, Maria Silvia, Saberes, terapias y prácticas…, 2002.

[vii] “Importante carta del Dr. Abate”, El Nacional, 7 de marzo de 1871, p.1.

[viii] La Nación, 15 de febrero de 1871, p.1

[ix] El Nacional, 12 de enero de 1871, p.2

[x] Di Liscia, Maria Silvia, Saberes, terapias y prácticas…, 2002, p.294.

[xi] Citado por Salessi, Jorge, Médicos, maleantes y maricas, 1995, p. 18.

[xii] El Nacional, 23 de enero de 1871, p.2.

[xiii] 30 de enero, en el mismo diario se leía: “En la calle de Cochabamba número 113, existe una casa de inquilinato que es un verdadero foco de infección. En dicha casa en menos de ocho días han fallecido siete individuos, y según se cree todos de una fiebre maligna, que, si no es amarilla es algo parecida.” El Nacional 30 de enero, 1871, p.2.

[xiv] “La fiebre amarilla”, El Nacional, 7 de febrero de 1871, p.1.

[xv] “Trabajo interesante”, El Nacional, 25 de febrero de 1871, p.2. Posteriormente, las notas y el cuadro del Dr. Golfarini, más la polémica desatada con el redactor de El Nacional, serían publicadas por el propio médico en la Revista Médico Quirúrgica, 8 de junio de 1871, pp.70-74 y 104-105.

[xvi] En una nota publicada en La Tribuna, un escritor anónimo reclamaba que, si la autoridad no ponía un remedio a la contaminación del Riachuelo por los saladeros, la gente debía hacerse justicia por propia mano: “[…] el pueblo tiene derecho a defenderse, y debe prender fuego a los saladeros de Barracas”, opinión que no era del todo impopular entre la prensa. Reproducido en El Nacional, 11 de febrero de 1871.

[xvii] “Medida plausible”, El Nacional, 15 de febrero de 1871, p.1.

[xviii] El Nacional, 1 de marzo de 1871, p.2.

[xix] El Nacional, 10 de febrero de 1871, p.2.

[xx] “Barracas al Sud”, El Nacional, 24 de febrero de 1871, p.1.

[xxi] Sería hasta 1881 cuando, en el Congreso Médico Internacional de Londres, Pasteur diera a conocer su teoría sobre la existencia de gérmenes y bacterias, descubrimiento que permitiría la identificación de microorganismos  y el desarrollo de vacunas. Salessi, Jorge, Médicos…, 1995, p. 79. La vacuna contra la fiebre amarilla sería desarrollada en 1937, por Max Theiler.

[xxii] Hannaway, Caroline, “Environment and miasmata”, en Bynum, W. F. y Roy Porter (eds.) Companion Encyclopedia of the History of Medicine, 1993.

[xxiii] Slack, Paul (ed.), “Introduction”, Epidemics and Ideas. Essays on the historical perception of pestilence, 1992, p. 3.

[xxiv] Corbin, Alain, El Perfume o el miasma, 2005.

[xxv] “Reto y emplazamiento”, El Nacional, 1 de marzo de 1871, p.1.

[xxvi] “Los saladeros y el Riachuelo”, El Nacional, 13 de febrero de 1871, p.1.

[xxvii] “El carnaval”, El Nacional, 22 de febrero de 1871, p.1. Las cursivas son mías.

[xxviii] Cfr. “Relación de las defunciones de fiebre amarilla ocurridas desde el 27 de enero en que apareció hasta esta fecha [12/05/1871]”, El Nacional, 12 de mayo de 1871, p.2. y el “Cuadro estadístico”, en Estadística de la mortalidad ocasionada por la epidemia…, 1873.

[xxix] El Nacional, 8 de febrero de 1871, p.1. Cabe hacer mención de este periodista, redactor de El Fenix, quien en sus colaboraciones siempre tuvo una mirada muy real de los acontecimientos, a contramano de la gran mayoría de los articulistas del momento.

[xxx] El Nacional, 1 de abril de 1871. Es de llamar la atención que sea hasta esta fecha, después de tres meses de vivir la enfermedad, cuando aparezcan en la prensa descripciones sobre la sintomatología de la fiebre amarilla. El que fuese algo de lo que no se ocupaba la prensa, o por lo menos se ocupase en una mínima y ridícula medida, posiblemente habla del desconcierto que se tenía frente al comportamiento de la misma enfermedad al no haberse logrado aún describir su etiología. Al parecer, el Dr. Eduardo Wilde publicó, en fecha del 22 de febrero, un trabajo muy completo sobre la sintomatología y posible tratamiento de la enfermedad, trabajo que aparece publicado en la Revista Médico Quirúrgica del 23 de junio de 1871, pp. 88-92, y que parece fue publicado anteriormente, aunque en la Revista no se indica ningún dato más.

[xxxi] En la región del golfo de México, una de las zonas identificadas desde entonces como sitio endémico de este mal, la enfermedad se conocía también bajo el coloquial nombre de vómito prieto, por las evacuaciones que se presentaban en la segunda fase. Durante la epidemia que aquí se trata, la enfermedad apareció bajo una amplia serie de nombres que incluía fiebre biliosa malignafiebre remitente biliosafiebre intermitente biliosagastroenteritis biliosa o fiebre de aclimatación biliosa, nombres, construidos falazmente según el Dr. Wilde, para no reconocer que se trataba de fiebre amarilla. Wilde, Eduardo, “La fiebre amarilla en Buenos Aires”, Revista Médico Quirúrgica del 23 de junio de 1871, p. 91.

[xxxii] “Las epidemias y las medidas preventivas”, El Nacional, 10 de enero de 1871, p.1.

[xxxiii] “La salud pública y las economías mal entendidas”, El Nacional, 8 de febrero de 1871, p.1.

[xxxiv] “Observación curiosa”, El Nacional, 4 de marzo de 1871, p.1. Meses más tarde, la Revista Médico Quirúrgica recuperaría la nota en su conjunto de documentos sobre la epidemia. “Observación curiosa”, Revista Médico Quirúrgica, 8 de julio de 1871, pp. 100-101.

[xxxv] “Observación curiosa”, El Nacional, 4 de marzo de 1871, p.1.

[xxxvi] Slack, Paul (ed.), “Introduction”, Epidemics and Ideas. Essays on the historical perception of pestilence, 1992.

[xxxvii] El Nacional, 4 de marzo de 1871, p.1. Las cursivas son mías.

[xxxviii] “Empieza el desaliento”, El Nacional, 2 de mayo de 1871, p.1.

[xxxix] “Los conventillos y la Municipalidad”, El Nacional, 8 de marzo de 1871, p.1.

[xl] El Nacional, 9 de marzo de 1871, p.2.

[xli] “Los conventillos”, El Nacional, 2 de mayo de 1871, p.2.

[xlii] Citado por Corbin, Alain, El perfume o el misma, 2005, p.158.

[xliii] González Leandri, Ricardo, Curar, persuadir, gobernar…, 1999, p.70.

[xliv] Corbin, Alain, El perfume o el misma, 2005, p.67.

[xlv] “Proyectos importantes”, El Nacional, 9 de marzo de 1871, p.1.

[xlvi] “Proyectos importantes”, El Nacional, 9 de marzo de 1871, p.1. Las cursivas son mías.

[xlvii] Por pobreza voluntaria se entendía, desde los orígenes del cristianismo hasta la Edad Media, la pobreza que deseaba emular el sacrificio de Dios, como la de los monjes. Por el contrario, la pobreza involuntaria era asociada a quienes carecían de medios de subsistencia y para hacerse de ellos se veían confinados a la mendicidad, el hurto y el embuste. Véase Mollat, Pobres, humildes y miserables en la Edad Media, 1998 y Morell, Antonio, La legitimación social de la pobreza, 2002, entre muchos otros.

[xlviii] Robert, Jean, “Auge y decadencia del concepto de pobreza en Occidente”, 2001, p. 2.

[xlix] Mollat, Michel, Pobres, humildes y miserables en la Edad Media, 1998, p. 11.

[l] Dice Goffman: “construimos una teoría del estigma, una ideología para explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representa esa persona, racionalizando a veces esa animosidad que se basa en otras diferencias, como por ejemplo, la de clase social”. Goffman, Erving, Estigma, la identidad deteriorada, 2001, p. 15.

[li] Véase Corbin, Alain, El perfume o el miasma, 2002 y Vigarello, Georges, Lo limpio y lo sucio, 1991.

 

 

Información adicional

Categorías: SALUD, Pobreza, Vivienda, Historia, Hitos sociales
Palabras claves: fiebre amarilla, pobreza, conventillos

Año de referencia del artículo: 2009

10mo Congreso

Extractado de https://buenosaireshistoria.org/juntas/el-temor-a-la-epidemia-de-los-pobres-buenos-aires-y-la-fiebre-amarilla-de-1871/

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