Skip to content

Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo

“Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo”
Arq. Jorge Ramos

Seminario de Crítica de, Instituto Americano e Investigaciones Estéticas, 1999

 

El conventillo

Hacia 1880, al calor del liberalismo europeísta, el acelerado proceso de metropolización y la oleada inmigratoria, se hace crítico el problema de la vivienda de los sectores populares en las principales ciudades argentinas, particularmente en Buenos Aires.

Por diversas causas, se produce el éxodo de las clases pudientes del sector sur del casco histórico, acentuándose la segregación social y comenzándose a diferenciar netamente el habitar de los diferentes grupos.

Las pésimas condiciones sanitarias de la ciudad tuvieron fuerte incidencia en esa relocalización habitacional. En 1867 habían aparecido algunas señales de alarma, cuando los soldados que regresaban de la Guerra del Paraguay trajeron el cólera a la ciudad. Esto se agravó en los tres años posteriores con epidemias sucesivas de tifus, viruela y difteria, que dejaron miles de muertos, afectando a los barrios centrales de San Telmo y Monserrat, al sur de la Plaza de la Victoria, compartidos por viviendas burguesas y de trabajadores humildes. Pero el hecho más impactante fue la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Ante la muerte de decenas de miles de personas, el pánico se apoderó de la población y la clase pudiente se mudó a zonas altas, abandonando los viejos caserones coloniales, presuponiendo que el foco era la suciedad de los conventillos donde se hacinaban los inmigrantes recién llegados… Díez años más tarde, sin embargo, científicos cubanos descubrirían que el verdadero portador y propagador de la fiebre amarilla era un mosquito.

A estas circunstancias se agregó el constante aumento de clase trabajadora en el casco céntrico, el surgimiento de la zona comercial elegante a lo largo de la calle Florida (al norte de la Plaza), el afán de diferenciarse y el reajuste de los modelos residenciales

de la elite, que abandonaba la herencia hispánica para adscribirse a los modelos de la vivienda francesa y a la estética de la École des Beaux Arts de París.

La historia paralela fue la persistencia y crecimiento de la habitación popular en el casco histórico, en gran medida de inmigrantes, acuciados por la depresión económica y la superpoblación en Europa y atraídos a Buenos Aires, Rosario, Montevideo, São Paulo y otras ciudades sudamericanas entre 1880 y 1910. Según James Scobie, “como la demanda de mano de obra en el centro era grande (en construcción e industrias de procesamiento predominaban los extranjeros) y el boleto de tranvía aún era caro… estos recién llegados se congregaron en los conventillos céntricos, en casas de pensión y departamentos baratos” (1).

De este modo, se fueron perfilando los diferentes modos de habitación urbana con sus respectivas características funcionales, tecnológicas, estéticas y de formación del tejido de manzana. Consecuentemente se desarrollaron diversas series tipológicas, a saber:

En la vivienda burguesa: por una parte, los palacetes, hôtels particuliers y petits hôtel, con plantas protocolares, secuencia vertical y estilo inspirados en los modelos urbanos borbónicos, de uso en Francia; y por otra parte las casas de renta, adaptando al tipo de la casa colectiva en altura los cánones del sistema compositivo “beaux arts”, imitando el “immeuble à rapport” parisino.

En lo que respecta a la vivienda de los genéricamente denominados sectores populares, en sus versiones unifamiliar y colectiva, hubo gran diversidad tipológica funcional y formal, así como de modos de producción (autoconstrucción, emprendimientos privados y planes oficiales). Si tomamos el período 1880-1945, entre las unifamiliares cabe citar la casa chorizo (con o sin jardín al frente, de una o dos plantas), la inconclusa, la cajón y la casilla; mientras que las colectivas fueron la casa de vecindad, los departamentos de pasillo lateral o central (también de una o dos plantas, hoy rebautizados coso “tipo casa”), el pasaje, la casa colectiva, el barrio de viviendas indiv iduales, e l barrio-parque de pabellones mult ifamiliares, la tira de viv iendas ferroviarias y -una de las más extendidas- el conventillo. (2)

En este trabajo iremos algo más allá de la mirada tipológica, para dar cuenta no sólo de los aspectos morfológicos y funcionales, sino de una mirada histórica más amplia, en la que se considera lo socio-económico y lo cultural, incluyendo mitos,

símbolos, pequeñas historias, hábitos, creaciones artísticas, luchas vecinales y todas aquellas manifestaciones de la vida cotidiana develadas en el escenario arquitectónico del conventillo.

Tipologías.

Desde la perspectiva social, el conventillo se constituyó en el tipo habitacional más significativo, que si por un lado daba cuenta de la faz más inhumana del liberalismo con la desprotección de la clase trabajadora, el hacinamiento en tugurios céntricos de cuartos estrechos sín luz ni aire, pésimas instalaciones sanitarias y alquileres abusivos; por otra parte se constituía en un espacio cultural integrativo, de alta sociabilidad, donde convivían polacos, italianos y españoles con criollos del interior, compartiendo fiestas, comidas y luchas reivindicativas, generando nuevas expresiones estéticas, musicales y de lenguaje (como el sainete, el tango y el lunfardo).

Era en Buenos Aires y Rosario (3), la versión criollo – napolitana del “slum” británico, reproducido con el mismo nombre en Santiago de Chile y Montevideo, como cortiço en São Paulo (4), como vecindad en México (5) y como mesón en Zacatecas.

Sus antecedentes más directos los encontramos en los corrales de vecinos sevillanos, con habitaciones alrededor de un patio dispuestas en más de un nivel, o en una versión local no tan estructurada: los cuartos para renta de la época del Virreynato del Río de la Plata.

En Argentina, su auge coincidió con la fuerte oleada inmigratoria de fin del siglo XIX.

Según Scobie, la cabeza de serie habrían sido dos conventillos de 30 piezas cada uno, construidos en 1867 por comerciantes italianos en Corrientes entre Talcahuano y Uruguay, multiplicándose el tipo de tal forma que en 1880 ya alcanzaban al 15% de la vivienda urbana (6). En una fecha tan temprana como 1871, el diario La Prensa comentaba la generalización del “sistema de construir en pequeños terrenos gran cantidad de habitaciones hechas con materiales de poco costo y de tales condiciones que produzcan un alquiler de 3 a 4%”, lo que representaba una recuperación de la inversión en dos años y medio. (7)

Los hubo de dos tipos: los de rezago (8) y los de nuevo diseño.

Los primeros aparecieron como adaptación de antiguas “casas chorizo” o casonas de patios, obsoletas o muy deterioradas, ubicando en cada cuarto una familia. Los segundos, que ya en 1880 constituían el 17 % fueron construidos por especuladores urbanos en base a una máxima explotación del lote, disponiendo una serie de habitaciones (de aproximadamente 4 x 4 x 4 ms.) para una familia en cada una de ellas, alrededor de un espacio abierto central y común: el patio del conventillo, donde lavaderos y sanitarios se agrupaban en batería. Podían tener dos niveles, en cuyo caso las escaleras sabían colocarse a mitad del patio.

Estos últimos son la versión más generalizada del tipo denominado conventillo, el cual en el cambio-de-siglo no aparece con clasificación precisa en la documentación oficial. Algunas veces, como en los censos de 1887 y 1904, no se lo define explícitamente; otras veces se lo menciona ocasionalmente con ese nombre (censos de 1869 y 1895) y frecuentemente se lo denomina casa de inquilinato. Pero si nos atenemos al citado censo municipal de 1904, podríamos establecer tentativamente, que tanto el número de habitantes (en la enorme mayoría superior a treinta) (9) como la disposición de las habitaciones en torno a un patio, con servicios comunes, caracterizan al conventillo; confirmado esto por su difundida aceptación en el habla popular.

Otro subtipo, en una o dos plantas, fue el de los conventillos chorizo, con distribución similar a los anteriores pero a simple crujía, dando sus habitaciones a patio lateral.

Estos aparecieron, en gran medida, debido a la densificación urbana operada durante el proceso de metropolización, en el cambio-de-siglo; momento en que se produjo un alza del valor de la tierra urbana, sobre todo en el área céntrica y barrios aledaños (entre 1886 y 1887 subió un 30/40%). Esto originó un reparcelamiento de las manzanas, estrechándose los lotes hasta frentes mínimos.

Al calor de esta especulación, que perseguía el máximo aprovechamiento del predio y la mayor renta de la inversión inmobiliaria, la arquitectura iba quedando condicionada en sus tipologías a la vez que redefinia el paisaje urbano. Esta fragmentación, que también se dió superponiendo plantas en altura, llegó a su máxima expresión en la vivienda para los sectores populares; afectando en particular las condiciones de habitabilidad de los conventillos.

Hubo otro tipo de conventillos muy difundidos en el barrio de La Boca, habitado en gran medida por ligures (mayormente genoveses) y asociado a la actividad marinera y portuaria desarrollada en muelles, barracas, areneras, astilleros y almacenes navales, desde la segunda mitad del siglo XIX; composición social que se modifica en la década del 40 con el arribo de migrantes de nuestras provincias y en los 60s y 70s con la instalación de uruguayos, chilenos, bolivianos y paraguayos, que modifican la población extranjera. A estos pobladores de conventillos se aunarán en los últimos años los llamados “nuevos pobres”.

Allí las viviendas, inquilinatos en un gran porcentaje (aun actualmente), tienen una firme identidad: son volúmenes cúbicos, a veces sobreelevados con pilotes (debido a periódicas inundaciones), de chapas onduladas de los más variados colores, utilizando en su origen los sobrantes de pintura de los barcos. La generalización de este cromatismo espontáneo contribuyó en gran medida a una imagen barrial homogénea que tuvo algunas variaciones en el tiempo, pues a los colores poco saturados de la etapa fundacional, los sucedió la paleta del pintor boquense Benito Quinquela Martín – extendida al mobiliario urbano y portuario- y en los últimos años, al calor del turismo masivo, la tendencia a una policromía abusiva, estridente e impostada, sobre todo en el área de la Vuelta de Rocha. (10)

Estos conventillos se disponen en el terreno como bloques de más de una planta, construidos por adiciones progresivas y separados por patios no tan amplios como los de los tipos antes mencionados. Patios característicos, con sus exentas escaleras de madera y circulaciones perimetrales a la manera de galerías-balcón.

Son las mismas viviendas que el viajero francés Jules Huret, allá por el año ’10, describía como “…construidas con planchas pintarrajeadas de verde ó de rosa vivo por sus mismos dueños y que se parecen á cabañas de gitanos ó bohemios dispuestos á dejar el lugar en cuanto sea preciso.” (11)

Esta particular tipología presenta un fuerte condicionamiento tecnológico y económico, relacionado a un sistema constructivo desplegado en varias zonas de América Latina: el balloon-frame.

El sistema, supuestamente inventado circe 1830 por el norteamericano George Washington Snow, consiste en una estructura de tirantes livianos, de 2″ x 4″, separados 40 cms. entre sí, conformando un entramado plano que se une por sus bordes con pisos y

techo. En general se lo revestía con tablas, aunque en el caso de La Boca lo más frecuente es la chapa de cinc ondulada colocada horizontalmente. Esta tecnología popular es de rápido montaje y no requiere mano de obra especializada, debido al uso de herramientas simples y a una ornamentación en base a elementos intercambiables, normalizados en los “pattern-books” o catálogos editados en Estados Unidos de América. Fundamentalmente se desarrolló en enclaves y centros de afluencia súbita de mano de obra (navales, cementeros, salitreros, petroleros, bananeros, azucareros, etc.), como versión local de las “company-towns”. Tal los casos de Chacabuco y Sewell en Chile; Tampico y El Oro en México; Quiriguá en la frontera hondureño – guatemalteca; Cerro de Pasco en Perú; o incluso capitales, como Belize City, San Salvador y San José de Costa Rica.

Muy emparentada con los casos que estamos analizando, otra tipología de vivienda colectiva que se desarrolló a comienzos del siglo XX fue la casa de vecindad, derivada del partido conventillo, con un patio común de funciones más diversas, y en vez de contar con un cuarto por familia con derecho a uso de lavadero y retretes comunes, cada unidad de vivienda tenía 2 cuartos, cocina y baño incorporado, más un patiecito propio.

Tipos similares se encontraban en Alemania, Inglaterra, Italia y Rusia. También en Sevilla con la denominación casa de vecinos (como evolución de los ya citados corrales de vecinos) y en México, como otra variante de vecindad muy difundida en el Primer Cuadro (especialmente en el barrio de Tepito), con unidades más complejas donde el patiecito se denomina “azotehuela” y que, al igual que en Buenos Aires, derivarán sustituyendo el patio común por un pasillo.

El habitat del inmigrante: hacinado, insalubre y costoso.

En cualquiera de sus versiones, el conventillo fue, mayoritariamente, la vivienda de los inmigrantes.

Algunas cifras nos pueden mostrar más cabalmente el incremento inmigratorio, sus ocupaciones y su relación con este tipo habitacional.

En la década de 1880 ingresaron a Argentina 649.000 inmigrantes, que prácticamente se duplicaron en la década posterior, cuando arribaron 1.142.000. Esa masa fue absorbida en gran parte por las ciudades, llegando a tener Buenos Aires -según

el censo de 1887- un 53% de extranjeros. En ese mismo año el 27% de la población vivía en conventillos (pico de la década), donde un 72% de sus moradores eran europeos de origen rural, en condiciones de hacinamiento creciente.

Estos ocupantes, en una notoria mayoría italianos, debieron incorporarse a tareas urbanas. Si nos atenemos a los datos del Censo Nacional de 1869, en los conventillos del casco céntrico (Distrito I), más de la mitad de las mujeres trabajaban y lo hacían como sirvientas, planchadoras, lavanderas o costureras; mientras la mayoría de los hombres eran peones y el resto se ocupaba de trabajos especializados (eran zapateros, sastres, empleados y en gran número obreros de la construcción).

Veamos el incremento de conventillos y su población durante tres décadas del cambio-de-siglo:

1880: 1.770 conv. = 24.023 cuartos = 51.915 hab. = 2.2 hab/cuarto

1883: 1.868 conv. = 25.645 cuartos = 64.156 hab. = 2.5 hab/cuarto

1887: 2.835 conv. = s/d. = 116.167 hab. = s/d.

1895: 2.249 conv. = 37.603 cuartos = 94.743 hab. = 2.5 hab/cuarto

1905: 2.297 conv. = 38.405 cuartos = 129.257 hab. = 3.4 hab/cuarto

1907: 2.500 conv. = s/d. = 150.000 hab. = s/d.

(Fuentes: Dr. Guillermo Rawson, Censos Generales de la Ciudad de Buenos Aires y Departamento Nacional del Trabajo)

No obstante, cabe destacar que si bien aumentan los conventillos y las personas alojadas en ellos, a principios del siglo XX comienza a bajar la proporción de conventillos sobre el total de viviendas de la ciudad -sobre todo a partir de 1904- llegando en 1919 a constituir el 2% del total de edificios de vivienda; mientras la proporción de habitantes de conventillos sobre la población total, bajaba del 27% en 1887 al 14.5% en 1904 y al 9.8% en 1919 (según los Censos Municipales de 1887 y 1904, las Memorias del Departamento Ejecutivo de los Conventillos de 1917 y el Censo de Conventillos de 1919).

Es interesante constatar cómo situaciones similares se presentaban en paises limítrofes.

Los censos de Santiago nos indican que la mayoría de los conventillos se situaban en el sector céntrico y ultra Mapocho, dando para…

1910: 1.909 conv. = 17.000 cuartos = 72.000 hab. = 4.2 hab/cuarto agravándose el problema hacia 1930, cuando la oleada de migrantes mineros por el cierre de las “oficinas” salitreras del norte del país, elevó los habitantes de conventillos al 50% de la población santiaguina, con un índice de 5.7 hab/cuarto y más de 2 personas por cena (12).

En Montevideo, entre 1876 y 1908, hubo entre 450 y 600 conventillos, sin hacinamiento considerable (2.7 hab/cuarto), llegando a albergar a un 20% de la población, de los cuales un 54% eran italianos y españoles (13).

En São Paulo, que había decuplicado su población entre 1890 y 1920, con una fuerte inmigración italiana de tradición libertaria, se registraban también altos índices de hacinamiento en cortiços, con deficientes condiciones sanitarias, tornadas críticas durante el brote de viruela de 1885 y las sucesivas epidemias en la última década de aquel siglo. Siguiendo el ejemplo de Buenos Aires, se formó allí, a fines de 1907 el llamado “comício de inquilinos”, un movimiento de agitación popular para la rebaja de alquileres y mejoras edilicias.

Volviendo al ámbito porteño, sabemos que, fuera de los promedios de densidad apuntados, no era extraño encontrar a 6 o 7 hombres solteros ocupando una misma pieza con sólo 2 o 3 camas, o habitaciones con familias de 6 miembros más algunos parientes o paisanos alojados transitoriamente.

A estos índices de hacinamiento había que agregar las pésimas condiciones de higiene y mantenimiento general -responsabilidad de los propietarios-, no obstante que, desde 1871 existía un Reglamento oficial para conventillos que establecía normas sobre construcción, materiales, terminaciones interiores, ventilación y disposición de letrinas.

En esta materia es reveladora una visión del higienismo de la época sobre los primeros conventillos, que encontramos en la Revista Médico Quirúrgica, tomo 8, Buenos Aires, año 1871, pp. 116 y 117:

“En Buenos Aires hay no menos de 200 conventillos… en ellos viven las gentes más sucias que puede concebirse. Hay conventillos de 30 habitaciones de 5 varas de claro en las cuales viven hasta 168 personas… Hay otros en que el número excede de 200. Cada pieza está destinada para 8 personas. Estas piezas

no tienen otra ventilación que la puerta donde se entra… Hay conventillos donde se han encontrado 80 y más (camas) en un salón colocadas unas sobre otras a manera de camarotes… Allí se paga por dormir a tanto las 6 horas. En la cama caliente que deja uno se acuesta el que llega…Cada vez que ha habido epidemia es en los conventillos en donde hace furor.”

La persistencia de este habitar degradado hizo estragos durante la epidemia de peste bubónica de 1900 y la de viruela de 1901.

Para paliar los problemas sanitarios se dictaron sucesivas ordenanzas y reglamentos municipales como los de 1871, 1887, 1893 y 1899, aunque los propietarios se resistían a su cumplimiento. Así ocurrió con los mínimos establecidos de duchas y letrinas, llegándose a registrar desproporciones de una ducha y una letrina cada 60 personas, no cumpliéndose tampoco con la separación mínima de 4 varas entre piezas y resumideros. A su vez los patios tenían pavimentos y drenajes deficientes, mientras que la superficie y altura de las piezas se había venido achicando y pocas veces se cumplía con la ventilación Mínima de banderola y ventana, por lo que sobre el fin de siglo el municipio tuvo que aumentar las inspecciones y sanciones.(14)

A este déficit sanitario, se agregaba el aumento creciente de los alquileres, lo que a su vez alentaba el hacinamiento. La renta de una pieza que en 1870 era de 4 pesos oro, 20 años después había subido a 8 y en 1912 alcanzaba a 13 pesos oro en San Cristóbal y San Telmo, y 18 pesos oro en Catedral al Sur y Socorro; equivaliendo a cerca del 30 % del salario de un peón de albañil, 22% de un medio oficial y 15% de un artesano especializado. De acuerdo a estadísticas de la época esto significaba que una pieza llegaba a costar 8 veces más que otra similar en Londres o París. (15)

La vida doméstica.

En cada una de sus piezas las familias se acomodaban y organizaban su vida doméstica como podían, en un ambiente único para dormir, comer y realizar labores, con una precaria ocupación de un sector del patio a la entrada de cada habitación, para cocinar. No siempre había cocinas comunes, siendo la situación más frecuente una repisa con cocinilla, “Primus” o un brasero de carbón en el piso junto a cada puerta; ubicándolo algunas veces en el interior (sobre todo en invierno), con el consiguiente peligro de

incendio o emanación de gases tóxicos. En conventillos más organizados se instalaban las cocinas en el patio, a manera de cuartuchos de madera junto a cada habitación.

El mobiliario consistía en una mesa, algunos bancos o sillas -generalmente de junco-, un ropero o ganchos para la ropa, algún baúl, cuadros de familia, imágenes religiosas, un farol a kerosene, catres o camas turcas (un bastidor metálico con elástico montado sobre cuatro patas de madera torneada), a veces camas superpuestas, un espejo, un aguamanil o palanganero, escupideras y, ocasionalmente, una máquina de coser. Muchos enseres se amontonaban apilados o colgados de la pared en el exterior, como bolsas de carbón, cajones de fruta, canastos, tachos, fuentones, tinas de madera, ollas, escobas, jaulas de pájaros, macetas, etc.

Pero también en algunos conventillos había piezas para grupos de hombres solos -generalmente inmigrantes solteros- cuyos mobiliarios no diferían mucho de los descriptos. Y, con un arreglo contrastante con la humildad de sus vecinos, los conocidos “cotorros” (16) o “bulines” (17), típico habitat del compadrito, ese tipo social híbrido de gaucho urbanizado y de inmigrante, frecuentemente dedicado a “cafisho” (18). Para una visión del interior de un “cotorro”, nada más pertinente que la descripción de la pieza de El Cívico, famoso rufián descendiente de albanos, que de 1905 a 1908 ocupó la N° 15 del conventillo El Sarandí, en Sarandí entre Constitución y Cochabamba (parroquia de San Cristóbal):

“Algunos muebles Luis XV, con moñitos y muñecos. Almohadones pintados por amigos suyos en la cárcel. Retratos de él en profusión (cantando, bailando o en fiestas campestres). Sobre la cabecera de la cama los retratos de los padres de La Moreira (su mujer, a la que explotaba), y a los costados dos largos tarjeteros, con recuerdos de Andalucía para ella y saludos para él desde Ushuaia. En una cola de crin, peines y peinetones. Una lámpara a kerosén de gran tamaño, que El Cívico prestaba a los vecinos, cuando en el patio había ‘bailongo’… En el flanco visible del ropero una costosa guitarra… en una funda de terciopelo celeste, con un pavo real bordado y debajo la palabra ‘Recuerdo’; trabajo también carcelario. Sobre la cama, una policroma manta pampa, que él usaba además para los carnavales, en su disfraz de matrero. A cada lado de la cama, una alfombra floreada, y a la cabecera (hacia un costado, para que no la ocultase el mosquitero de tul blanco), una imagen de San Roque. Debajo de la almohada el cuchillo, la daga o el sable bayoneta (arma de guapos)… Dejaba dormir sobre la manta

pampa a su perro foxterrier llamado Pito. En el toilet, gran colección de adminículos de maquillaje y atavío y frascos de perfume (entre ellos, el infaltable ‘Sola mía’). En el espejo del ropero, en los ángulos de arriba, pintados en varios colores, ramitos de rosa… Una reposera de viaje en la que El Cívico… solía dormir la siesta. En una rinconera, un reloj de música, que, antes de dar la hora, tocaba los primeros campases del Himno Nacional. En la puerta y en la ventana, cortinas de hilo bordado. En una mesita construida ad-hoc, el equipo del mate. El mate -de tres pies- y la bombilla, de plata y oro. La azucarera estaba hecha con el caparazón de un peludo. Del dintel partía un toldito para el mate de la tarde… en el patio.” (19)

Una construcción cultural.

Como habíamos comentado al comienzo, el conventillo era el espacio de la miseria pero, a su vez, de la solidaridad y la integración social, de una cultura de mezcla en formación. En ese mundo de anarquistas y poetas, gringos y compadritos, lavanderas y prostitutas, obreros y rufianes, convivían lenguas como el lunfardo, el cocoliche y el idish, música criolla y del mediodía europeo, pucheros y mazamorras, pan con tocino y “pasta asciutta”, borsch y fainá, todo en un clima de trabajo y frecuente algarabía.

En una crónica de 1886, encontramos un significativo testimonio de ese mosaico social de etnias y labores:

“En la primera pieza vive un matrimonio italiano, ni muy joven ni muy viejo, zapatero el marido y cocinera de circunstancia la mujer; en la segunda una viuda con cinco hijos, sustentándose, no sin apuros, con el trabajo de dos de ellos; en la tercera ha instalado su laboratorio y su familia un químico de pacotilla, gran confeccionador de toda clase de aguas olorosas que colocadas en dos cestas, vende después adonde puede con peines, cajas de fósforos y otros menesteres; sigue con su mujer y dos hijos un vigilante que no deja de preguntarse con frecuencia qué porvenir le está reservado a quien se pasará los días y las noches guardando lo que tienen los demás; en la otra celda, aunque se ha dicho que sólo viven tres vendedores ambulantes italianos, sé positivamente que por la noche vienen ocho por lo menos a tender sus huesos, sin desnudarse siquiera, sobre esos dos miserables jergones que se ven allá; en la sexta pieza han

instalado sus reales tres chinas, a las que no se les conoce oficio ni ocupación definida, porque pasan el día tomando mate y sólo al caer la tarde se dan una vueltita no se sabe por dónde…” (20).

Las historias de la vida de conventillo enriquecieron la cultura popular tematizando letras de tango, novelas, ensayos, versos “atorrantes”, sainetes y obras de teatro. Las referencias al “convento” o “convoy”, como se lo solía llamar entre los lunfas ya bien entrado este siglo (21), son innumerables, con gran protagonismo de los hijos de inmigrante.

Entre los tangos cabe mencionar “Oro muerto” (1926), con letra de Julio Navarrine, que le canta a las “paicas” milongueras y a los pibes del patio; “Flor de fango” (1914), de Pascual Contursi, que narra el pasaje de una mina desde su cuna – que “fue un conventillo alumbrado a kerosén”- a las “farras de champán” del centro, para terminar, en su decadencia, alquilando una pieza en una “casa ‘e pensión”; y del mismo autor, “Ventanita de arrabal” (1927), que describe “en el barrio Cafferata, un viejo conventillo con los pisos de ladrillo, minga de puerta cancel”; “El bulín de la calle Ayacucho” (1923), de Celedonio Flores, que evoca un “cotorrito mistongo, tirado en el fondo de aquel conventillo, sin alfombras, sin lujo y sin brillo”.

Muy tempranamente aparecen descripciones del habitar en el conventillo en la novela argentina. Probablemente la primera haya sido una pintura descarnada y algo siniestra, con el protagonismo de doña Catalina -una proxeneta trotaconventos-, relatada por el Dr. Ceferino de la Calle (seudónimo de Silverio Domínguez) en Palomas y gavilanes (1886). Allí nos dice:

“La casa de inquilinato presentaba un cuadro animado, lo mismo en los patios que en los corredores. Confundidas las edades, las nacionalidades y los sexos, constituía una especie de gusanera, donde todos se revolvían, saliendo unos, entrando otros, cruzando los más, con esa actividad diversa del conventillo”… “Húmedos los patios, por allí se desparrama el sedimento de la población; estrechas las celdas, por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos, sus cuadros almazarronados, con los periódicos de caricaturas pegados a la pared, y, ese peculiar desorden de la habitación donde duermen seis, y donde es preciso dar buena o mala colocación a todo lo que se tenga” (22).

Dentro del mismo género novelístico, cabe mencionar En la sangre (1887), de Eugenio Cambaceres.

Casi incursionando en el ensayo, hubo excelentes descripciones de las casas de inquilinato en Croquis bonaerenses (1896), de Marcos F. Arredondo, El conventillo (1918), de Luis Pascarella, comentando las penurias del inmigrante, a los que habría que agregar la amarga visión que aparece en La casa por dentro (1921), de Juan Palazzo.

Los que poetizaron la vida del conventillo son legión. Hasta Evaristo Carriego pocos eran los poetas que se habían ocupado de interpretar el mundo popular. Carriego, durante la primera década de este siglo que se va, abre el campo con la serie El alma del suburbio, seguida por La canción del barrio. A él le siguieron Fernández Moreno, que le cantó a “esos solemnes caserones/que transformó el azar en conventillo”, y, con una acentuada protesta social, Alvaro Yunque (Arístides Gandolfi Herrero), quien, en sus Versos de la calle (1924) da gran protagonismo a los inquilinatos. Del mismo modo, ya en el primer libro de Raúl González Tuñon (El violín del diablo, 1926) encontramos los hermosos “Poemas del conventillo”.

Por su parte, el sainete (derivado del sainete criollo de la primera mitad del siglo XIX) y el grotesco, se constituyeron en las principales dramatizaciones del habitar popular urbano. Mientras el grotesco se presentaba como un drama intimista, el sainete se desarrollaba como un género tragicómico de lenguaje coloquial en el escenario del babélico patio del conventillo y la infaltable milonga. En este género cabe señalar a dos autores: Carlos M. Pacheco y Alberto Vacarezza; el primero escribió Los disfrazados y El diablo en el conventillo, mientras que el segundo se destacó por Tu cuna fue un conventillo, la comparsa se despide y una pieza paradigmática: El Conventillo de la Paloma (1929).

Del teatro citaremos un clásico de Florencio Sánchez: El conventillo (1906).

De las visiones de investigadores contemporáneos, una interesante pintura de la vida cotidiana en el conventillo es la que resume Scobie:

“Por lo general la jornada se iniciaba temprano -a las 4 y 30 en verano y a las 6 en invierno- cuando los hombres se marchaban… Poco después comenzaba el ajetreo de las mujeres y los niños mayores: ponían agua o leche en el brasero, iban al mercado o regateaban en sus puertas con los vendedores ambulantes que ofrecían verduras o frutas. A las 9 los niños partían a recorrer las calles en busca de algún trabajo; los que tenían 7 u 8 años asistían al primero o segundo grado de la escuela primaria. Desde más temprano las mujeres ya habían comenzado su trabajo a destajo -cosiendo, liando cigarros, planchando o lavando. A las 11 y 30 regresaban los hombres para comer de prisa un puchero aguachento o algún plato hecho con maíz. La tarde traía el bullicio que a menudo se asocia con los conventillos… era común que los menores gritaran, riñeran y jugaran en el patio. Los hombres volvían de su trabajo a las 6 o 6 y 30 y poco después cenaban, por lo general un guiso; a las 10 y 30 casi todo el mundo estaba en la cama. Los feriados religiosos y patrióticos rompían la rutina. Entonces los acordeones, violines y guitarras tocaban danzas y canciones del viejo mundo, dando vida a estos ambientes grises.” (23)

 

Pobres y famosos.

Los barrios o parroquias de mayor concentración de conventillos, durante el cambio-de-siglo, se correspondían con un arco que rodeaba el casco céntrico: por el sur, San Telmo, Concepción, Boca y Barracas; por el oeste, Piedad y Balvanera; por el norte, San Nicolás y Socorro. Pero cerca de 1920, cuando el saldo migratorio vuelve a subir, se observa un crecimiento notable en el área céntrica, o sea en las circunscripciones 12a, 13a y 14a (24); así como una extensión hacia el suburbio abarcando Palermo, Villa Crespo y cercanías de Chacarita.

Entre los más famosos -por diversos mot ivos- cabe mencionar “Las 14 Provincias” (25), “Babilonia” y “Los Dos Mundos”, nombres alusivos a la multi-etnia de sus habitantes; los populosos “El Palomar”, “Medio Mundo”, “El Mundo” y “Las Cuatrocientas”; el “Conventillo Nacional” (Serrano 148/158), asociado a la Fábrica Nacional de Calzado de Villa Crespo, luego rebautizado “de la Paloma” en honor a una hermosa fabriquera que se mudó allí, inspirando el sainete de Alberto Vacarezza, en 1929 (26); los patrocinados, como el “San Antonio” y el “San Gottardo”; los bravos, como “El Infierno” y “La Cueva Negra” (Bolívar entre Cochabamba y Garay); “Los Cuatro Diques” (Ituzaingó 279/325), iniciador de la huelga de inquilinos y también conocido como “Convento del Puerto”, en alusión a la disposición en planta de sus patios, semejante a los cuatro diques de Puerto Madero, al cual, promediando el movimiento sus habitantes rebautizaron “La Revolución Social”; “Vizcachero” (Perú 972), “El Palacio Mishio” y “El Pantano Criollo”, destacados por su pobreza y precariedad.

 

La protesta.

Uno de los conflictos sociales urbanos más importantes del comienzo de siglo tuvo caro escenario a varios de estos conventillos y fue provocado por las desastrosas condiciones de habitabilidad, situación que desembocó en la “huelga de inquilinos” de 1907, llevada a cabo por 129.000 moradores. Sus principales reclamos eran la reducción del 30% en las rentas, mejoras en las habitaciones y en la infraestructura sanitaria, eliminación del sistema represivo establecido por los reglamentos internos, limitación de atribucíones de los caseros o encargados, supresión de contratos leoninos (eliminación de los tres meses de depósito en garantía y flexibilidad en el vencimiento de los Pagos).

Por su parte el argumento de los propietarios (luego organizados en la Sociedad Corporación de Propietarios y Arrendatarios de la Capital), para justificar las rentas elevadas y la baja inversión en mejoras, era el fuerte aumento de impuestos municipales y territoriales, trasladados de inmediato a los alquileres.

El movimiento tuvo un alto poder de convocatoria y adhesión entre los vecinos, con alto protagonismo femenino y de luchadores sociales, especialmente anarquistas. La huelga duró poco más de tres meses. Se había declarado en el ya citado conventillo “Los Cuatro Diques”, de Ituzaingó 279/325, con la inmediata adhesión del de Uspallata 449. El 13 de septiembre se hizo el llamado a huelga general fijando lista de reclamos y una estructura territorial con un delegado por conventillo al Comité Barrial y delegados de éstes al Comité Central, con sede en “Los Cuatro Diques”. A su vez, en cada barrio se formaron Subcomités de Propaganda y de Solidaridad con los detenidos.

El territorio plegado abarcaba San Telmo, Boca, Barracas, Socorro, Balvanera y algunos suburbios; más focos en Avellaneda y Lomas de Zamora. También tuvo repercusión inmediata en ciudades como Córdoba, Bahía Blanca y Rosario (130 conventillos plegados, con epicentro en los barrios La República, Talleres y Sunchales).

El 19 de septiembre ya había 400 conventillos en huelga que alojaban a 20.000 inquilinos y a fines de ese mes ya eran 120.000 los inquilinos plegados (80 % del total), pertenecientes a 2.000 conventillos. A principios de octubre -pico de la protesta- se formó la citada Corporación de Propietarios y comenzaron los desalojos con represión

de los bomberos, la infantería y el escuadrón de seguridad de la Policía de la Capital al mando del Coronel Ramón L. Falcón. Simultáneamente se organizó la resistencia contra caseros, propietarios y oficiales de justicia, los atrincheramiento y multitudinarias manifestaciones callejeras (entre ellas la famosa Marcha de las Escobas, con las mujeres de La Boca a la cabeza). Mientras tanto, los desalojados acampaban en las plazas y en carros ofrecidos por el gremio de carreros, de la FORA.

El 22 de octubre, en un combate a pedradas y tiros durante el desalojo del inquilinato de San Juan 677, cae asesinado de un tiro en la frente el obrero baulero Miguel Pepe, quien a sus 18 dios se convierte en mártir del movimiento; quedando varios resistentes heridos. En diciembre decayó la huelga y se disolvió el Comité Central.

En síntesis, el episodio culminó en desalojos forzosos, violencia, represión, muerte y deportaciones (aplicando la Ley de Residencia, sancionada en 1902 por el gobierno de Roca) (27).

 

Algunas propuestas para el habitar popular.

Preocupado por la indigencia habitacional, el médico higienista Guillermo Rawson, en su Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires, de 1884 (citado en nota anterior), a la vez que recomendaba una reglamentación municipal para las mismas, impulsaba un plan oficial de construcción de vivienda obrera, mientras que en 1900, otro higienista francés -Samuel Gacha- escribía Les logements ouvriers à Buenos Aires, donde realizaba un diagnóstico y proponía una serie de soluciones ligadas a la tipología falansterio, de Fourier. Muy cercano a estas ideas, en 1887 el Ing. Andreoni proyectaba en Uruguay el “Falansterio Montevideano”, nunca construido.

Otras preocupaciones por la vivienda obrera, con diferentes proyectos, habían sido planteadas por Santiago Estrada en 1874, Alberto Navarro Viola en 1883 y los arquitectos Raymundo Batlle y Augusto Plou.

Con tipologías no muy explicitadas, pero casi siempre en la tónica de la vivienda unifamiliar, despegándose del fantasma del hacinamiento en el conventillo, se promovieron diversos conjuntos obreros, a veces asociados a una planta industrial, en general limitados al trazado de calles y pasajes. Tal el caso de Villa Alvear en Palermo (1888) o la Fábrica Nacional de Calzado, de Salvador Benedit, en Villa Crespo; ambos inconclusos.

A medida que el crecimiento de los conventillos se acentuaba, afirmándose como la principal alternativa del habitar popular urbano, se ensayaron -desde 1883- algunas propuestas orgánicas, impulsadas por el Estado, la Municipalidad y diversas cooperativas y sociedades de beneficencia, de las que damos cuenta en un trabajo anterior: La habitación popular urbana en Buenos Aires, 1880-1945. La mirada tipológica, Crítica, 91, IAA, FAD/UBA, Buenos Aires, 25 sep. 1998. En el resto de América Latina, las primeras leyes al respecto, surgen -como en Argentina- en las dos primeras décadas del siglo, generalmente dirigidas a erradicar conventillos y tugurios, fijar normas de higiene y alentar al capital privado con exención de impuestos, manteniendo la garantía del lucro. Es así como se promulgan las leyes de 1900 en Brasil y de 1908 en Chile, surgiendo un rosario de experiencias que respondían a la categoría casas baratas, vigente en toda la región

Y ahora…

En el ocaso del siglo XX, con otra composición poblacional -“nuevos pobres” producto de la desocupación y el descenso social, migrantes del interior pardo y de países limítrofes-, otras músicas, otras modas, otras cocinas, con una precaria partición privada de algunos servicios antes comunes, con otros conflictos y marginalidades, subsisten como alternativa habitacional urbana conventillos muy similares a los de cien años atrás.

Pero esto ya es harina de otro costal de indagaciones.

Notas:

(1) James R. Scobie, Buenos Aires. Del centro a los barrios, 1870-1910, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1986 (1a. ed. 1974), p. 171.

(2) Para un desarrollo panorámico de los modos de habitación popular en Buenos Aires, ver el abordaje que, desde la perspectiva tipológica, desarrollé en La habitación popular urbana en Buenos Aires, 1880-1945. La mirada tipológica, Crítica, N° 91, IAA, FADU/UBA, Buenos Aires, 25 sep. 1998.

(3) Cfr. Diego Armus y Jorge Enrique Hardoy, “Conventillos, ranchos y casa propia en el mundo urbano del novecientos”, en Diego Armus (comp.), Mundo urbano y cultura popular, Sudamericana, Buenos Aires, 1990, pp. 153-193. Este artículo es uno de los pocos rastreos tipológicos de la vivienda popular del periodo en cuestión que hemos encontrado. En él, los autores -centrados en la ciudad de Rosario- analizan el crecimiento urbano, las características de los sectores populares y las tipologías de vivienda.

(4) Según el “Relataría da Comissão de Exame e inspeção das habitações operarias e cortiços no Distrito de Santa Efigênia”, São Paulo, 1893, “el cortiço ocupa comunmente un área en el interior de una manzana: casi siempre un sector de un terreno cuyo frente está destinado a tienda. Una puerta lateral da acceso por estrecho y largo corredor a un patio de 3 o 4 metros de ancho en los casos más favorables. A este patio o área libre se abren las puertas y ventanas de habitaciones alineadas, todas del mismo aspecto, la misma construcción, las mismas divisiones internas y las mismas dimensiones. Raras veces cada ‘casinha’ tiene más de 3 metros de ancho, 5 a 6 de fondo y 3 a 3,50 de altura con una capacidad para 4 personas como mucho… En el patio hay una rejilla de desagüe, una canilla, un tanque de agua y una letrina” (traducción del autor). Citado en Eva Alterman Blay, Eu não tenho onde morar. Vilas operarias na cidade de São Paulo, Nobel, São Paulo, 1985, pp. 66-68.

(5) En el caso de la ciudad de México, las vecindades (también conocidas como casas de vecindad), edificadas ex-profeso para la renta, tienen una larga historia, ya que datan del siglo XVII y se las supone construidas por iniciativa de la Iglesia, quien fuera durante la Colonia el mayor propietario rentístico de inmuebles. Al respecto cabe citar a Enrique Ayala Alonso, la casa de la ciudad de México. Evolución y

transformaciones, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1996, p. 52: “La vecindad… sirve a un número bastante elevado de familias, las cuales habitan en uno o dos cuartos distribuidos alrededor de un patio de planta cuadrada o rectangular en cuyo perímetro se desarrolla un corredor porticado… en tanto que sus escasos servicios son de uso compartido y la escasez de locales propicia que los exteriores colectivos sirvan para la realización de múltiples actividades domésticas y laborales… (En un principio) sus destinatarios eran principalmente artesanos… Las unidades que se localizaban al frente de la vecindad tenían accesorias y servían como talleres o tiendas.”

Esta tipología, a partir de 1880 se convirtió en una modalidad habitacional sumamente extendida.

A la luz de estas referencias, es interesante observar la similitud entre los casos porteño, paulista y mexicano, contando con datos históricos equivalentes sobre los conventillos montevideanos y santiaguinos.

  1. (6)  James R. Scobie, op. cit., p. 189.
  2. (7)  La Prensa, 27 de febrero de 1871, p.l.
  3. (8)  Denominación que utiliza Diego E. Lecuona al estudiar las derivaciones

de las primeras tipologías colectivas de vivienda en su La vivienda de “criollos” y “extranjeros” en el siglo XIX, Editorial del Instituto Argentino de Investigaciones de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo, Tucumán, 1984. Aquel capítulo constituyó una referencia importante para algunos de los tipos que estamos tratando.

Cabe mencionar operaciones similares en el habitat popular de otras ciudades latinoamericanas. Tal el caso de São Paulo, donde la ya citada Relación de 1893, registra “‘sobrados’ cuyos primitivos aposentos fueron divididos y subdivididos para alojar numerosas familias, con algunos espacios de uso común, cocinas colectivas improvisadas, unas letrinas pésimamente instaladas y estrechos corredores con iluminación insuficiente.” (Traducción del autor). Citado en Eva Alternan Blay, op. cit., p. 69.

En México, por su parte, “muchas de las otrora magníficas mansiones pasaron a ser utilizadas como vecindades y por lo general cada una de sus habitaciones sirvió como una sola vivienda con muy precarias condiciones de habitabilidad.” (Enrique Ayala Alonso, op. cit., p. 93).

(9) Según el censo de 1904, el 86 % de los conventillos de Buenos Aires tenía más de 30 habitantes, mientras que en el 60 % de ellos se alojaban entre 30 y 100 habitantes, registrándose casos de conventillos con 300 inquilinos.

(10) Hay autores que están investigando los orígenes y evolución cromática del barrio de La Boca a través de información gráfica, oral y de laboratorio. Tal el caso de Rabuini y Fago de Mattiello (FADU/UBA y Laboratorio de Investigaciones Visuales / CONICET), quienes reconocen tres períodos: pre-quinqueliano, quinqueliano y actual. Cfr. Emilia Rabuini y María Luisa Fago de Mattiello, “El color como elemento de identidad patrimonial en el barrio de La Boca del Riachuelo. Un proyecto compartido para futuras intervenciones”, ponencia en Forum UNESCO-Universidad y Patrimonio, Buenos Aires, 1999 (mimeo).

(11) Jules Huret, De Buenos Aires al Gran Chaco, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, p. 58 (la. ed., Eugène Fasquelle éditeur, París, 1911).

Desde el campo de la antropología urbana hay un interesante estudio sobre los conventillos de La Boca: Mónica Lacarrieu, “Que los conventillos no mueran: disputas por el espacio barrial”, en Oscar Grillo et al., Políticas sociales y estrategias habitacionales, Espacio Editorial, Buenos Aires, 1995, pp. 62 a 119.

(12) Monserrat Palmer, Patricio Gross y Oscar Ortega, “La vivienda social chilena, 1900/50”, en revista ca, Santiago de Chile.

(13) Los datos precisos son:

1876: 552 conventillos = 15.274 habitantes

1878: 589 conventillos = 17.024 habitantes, lo que equivalía al 14.5% de la población montevideana.

1880: 469 conv. = 7.053 cuartos = 14.589 hab. = 2.1 hab/cuarto, viviendo en estas condiciones el 20% de los montevideanos.

1882: 452 conv. = 6.365 cuartos = 13.826 hab. = 2.2 hab/cuarto 1884: 439 conv. = 6.436 cuartos = 14.650 hab. = 2.3 hab/cuarto 1908: 486 conv. = 8.400 cuartos = 23.000 hab. = 2.7 hab/cuarto (Según Eduardo Acevedo, Anales históricos del Uruguay, Montevideo, 1933, y Alfredo R. Castellanos, Historia del desarrollo edilicio y urbanístico de Montevideo (1829-1914), Junta Departamental de Montevideo, Montevideo, 1971.)

(14) En un reciente trabajo de Verónica Paiva (Higienismo: ciencia, instituciones y normativa. Buenos Aires siglo XIX, Crítica, N° 82, IAA, FADU/UBA, Buenos Aires, 31 oct. 1997) se hace referencia al problema de la higiene en ice conventillos, destacando los artículos más importantes del “Reglamento para las casas de inquilinato, conventillos y bodegones” del 16 jun. 1871; que luego se extenderían a todos los tipos de vivienda urbana con el “Reglamento de Construcciones” de 1887.

Además de estos Reglamentos, cabe mencionar una serie de Ordenanzas de los años 70s y 80s promulgadas para paliar la crítica situación en los conventillos, a saber:

23 mar. 1871: “Ordenanza sobre construcción de letrinas”.

14 jun. 1871: “Ordenanza sobre inspección, vigilancia e higiene de los hoteles o casas habitadas por más de una familia”.

21 sep. 1871: “Ordenanza complementaria a la de construcción de letrinas”.

17 mar. 1879: “Ordenanza sobre pisos y asientos de letrinas”. 11 jun. 1883: “Ordenanza sobre visitas periódicas domiciliarias”.

10 feb. 1885: “Ordenanza sobre clase de piso de los cuartos de las casas de inquilinato”.

14 sep. 1886: “Ordenanza complementaria a la anterior”.

8 jun. 1887: “Ordenanza sobre el uso de camas superpuestas en las casas de inquilinato, hospedajes, etc.”.

29 may. 1888: “Ordenanza sobre inspección de casas de familia”. Sobre las influencias del higienismo en los conventillos de la ciudad de La Plata, remitimos al artículo de Gustavo Vallejo, “Higienísmo y sectores populares en La Plata. 1882-1910”, en Estudios del Habitat, IDEHAB, FAU/UNLP, Vol. II, N° 5, La Plata, 1997, pp. 57-72.

Un análisis pionero sobre el tema, con antecedentes y comparaciones con los inquilinatos europeos y norteamericanos (la tipología “tenement house”), haciendo a su vez una serie de propuestas de normativa, es el del Dr. Guillermo Rawson, Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires, escrito en 1884 y publicado con el mismo título por Sociedad Luz más de 40 años después.

(15) “Antes de la guerra de 1914 (nos dice Casimiro Prieto Costa), una pieza en Buenos Aires no costaba menos de pesos 15…En París, la vivienda de una pieza se

alquilaba por pesos 3.70 mensuales, según informa Lucien March en el Boletín de Estadística de París… En Inglaterra, donde la vivienda de una sola pieza había desaparecido casi, conservándose únicamente en algunos barrios de Londres, el alquiler oscilaba entre $ 3 y 4 por mes…”. “En la investigación de la División de Estadística del Departamento Nacional del Trabajo, (en Buenos Aires) el alquiler de esas miserables piezas insumía en algunos casos hasta el 28.7% del total de los ingresos que tenía la familia…”. Esta cita corresponde a Casimiro Prieto Costa, “Las viviendas en la Capital Federal”, en Boletín del Museo Social Argentino, IX, Buenos Aires, 1920, p. 542 y con el mismo título en Revista de Arquitectura, Buenos Aires, may. 1922, pp. 106 y 107.

(16) En lunfardo: cuarto de soltero. Del español “cotarro”: albergue nocturno para pobres y vagabundos, a través de la expresión esp. “alborotar el cotarro” y por cruce con el esp. “cotorra”.

(17) En lunfardo: similar a “cotorro”. Del “gergo” o italiano jergal “bolin”: cama.

(18) En lunfardo: rufián que sólo explota a una mujer. Del véneto “fiolo”: muchachito, produjo “cafiolo” y la forma vésrica “fioca”. Por juego paronomástico con el genovés “stocchefisce”: pez palo, produjo “cafisho”.

(19) Juan Sebastián Tallon, El tango en su etapa de música prohibida, citado por Jorge Páez, El conventillo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970, pp. 80 a 82.

(20) Aníbal Latino, Tipos y costumbres bonaerenses, Librería de Mayo, Buenos Aires, 1886, p. 94. Citado por Francis Korn, “La población y la vivienda”, en Margarita Gutman (ed.), Buenos Aires 1910: memoria del porvenir, GCBA/FADU- UBA, Buenos. Aires, 1999, pp. 100 a 102.

(21) Mario Sabugo, en un trabajo inédito sobre el sistema del hablar como parte de la teoría del habitar, explora la voz conventillo, detectando que el término aparece en España en 1620 y en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX. Advierte sobre el concepto etimológico de reunión, ya que “conventum” (en latín) se origina en el verbo “convenio”, compuesto de “con” y “venire” (que significa acudir, reunirse, acordar). Menciona, a su vez, variantes como conventiyo, la regresión convento, la forma vésrica yotivenoo y el juego paronomástico convoy (corrupción del estadounidense “cowboy”).

(22) Ceferino de la Calle, Palomas y gavilanes, Félix Lajouane, 2a. ed., Buenos Aires, 1886, pp. 99 y 100.

  1. (23)  James R. Scobie, op. cit., pp. 192 y 193.
  2. (24)  Fuente: Censo Municipal de Conventillos de 1919.
  3. (25)  Hay 3 a los que se adjudica el nombre: el de Piedras 1268, entre

Cochabamba y San Juan, el de Belgrano 450 y el de Defensa 755.

(26) Si bien para el sainete “El conventillo de la Paloma”, Vacarezza se inspiró en el de la calle Serrano, algunos autores ubican al que lleva ese nombre en Defensa 375 (un edificio de tres cuerpos con patios, construido en 1885, aún existente).

(27) Para un análisis detallado de los desencadenantes y consecuencias de la huelga de 1907, recomendamos: Juan Suriano, La huelga de inquilinos de 1907, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983.

Para el caso de La Boca: Celia Guevara, Sergio Vega y Gabriel Atlas, Huelga de inquilinos en el barrio de La Boca. 1907, Critica, N0 78, IAA, FADU/UBA, Buenos Aires, 27 jun. 1997.

Jorge Ramos, octubre 1999.

Fotografías y dibujos en pdf original

  Archivo General de la Nación.

  Revistas Caras y Caretas y P.B.T.

  AA. VV., Argentina, un país de inmigrantes, Dirección Nacional de Migraciones, Buenos Aires, 1998.

 Molinari, Ricardo Luis, Buenos Aires, 4 siglos, Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires, 1984.

  Páez, Jorge, El conventillo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970.

  Aslan, Liliana; Joselevich, Irene; Novoa, Graciela; Saiegh, Diana y Santaló, Alicia, Buenos Aires. Barracas, 1872-1970, Inventario de Patrimonio Urbano, Buenos Aires, 1990.

 Colección Mateo Enrique Giordano.

Descarga en:
http://www.iaa.fadu.uba.ar/publicaciones/critica/0101.pdf

Volver arriba