Fines de siglo XVII. Un puerto natural, zona anegada de arena y espesa vegetación, habita el sur de la ciudad. Entre los pantanos se construyen las primeras barracas para comercializar frutos y esclavos. La vegetación va dejando lugar a la entrada y salida de pequeñas embarcaciones.
Siglo XVIII. La economía capitalista se extiende por todos los mares. Crece la actividad agrícola ganadera en la zona. La urbanidad le va ganando terreno a la naturaleza.
Siglo XIX. La región sueña la independencia y la construcción de una nación. Llegan habitantes de todo el mundo, se establecen las industrias y se expande el comercio. La zona, antes anegada, se convierte en uno de los epicentros de la ciudad. El exceso de actividad empieza a contaminar las aguas, que no encuentran capacidad para depurar sus desechos.
En este entorno de inmigracion, industrialización y pobreza nacen los artistas del Riachuelo.
El paisaje es el puerto. Los artistas ven llegar barcos del exterior y del interior del país para cargar y descargar mercadería. Ven cómo se multiplica el trabajo de los obreros en los astilleros, frigoríficos y talleres metalúrgicos. Ellos también son obreros. Ven cómo los inmigrantes construyen sus casas con madera y zinc, con techos de chapa sobre pilotes, y las pintan con pinturas que sobran de los barcos. Nunca alcanza para pintar de un solo color. Otros refaccionan las casas con patios centrales y habitaciones a su alrededor, casas que fueron dejadas por muchas familias que se alejaron a las zonas de quintas escapando de las epidemias.Los conventillos y caserones se convierten en los espacios de reunión, de fiesta, de debate. Las familias comparten el baño, la cocina y el patio con otros vecinos. En los pasillos y en las calles se escucha el dialecto genovés. Algunos expresan a viva voz su afinidad a las ideas libertarias de Giuseppe Mazzini. Llegan los primeros trenes. El espacio público y el íntimo se confunden en un hábitat común. Los artistas son testigos de la construcción de una comunidad.
El barrio crece sin descanso. Algunos artistas empiezan a estudiar pintura con el maestro Alfredo Lazzari, en la Sociedad Unión de La Boca. Muchas veces las clases son en medio de una calle empedrada, debajo de un puente, frente a un grupo de barcos durmiendo en la orilla o de alguna fábrica cuya chimenea mancha el cielo de gris. Su verdadera escuela es la calle. Pintan día tras día los mismos motivos, los mismos paisajes, las mismas caras. Se están pintando a sí mismos. Ellos son Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, Fortunato Lacámera, Santiago Stagnaro, Arturo Maresca, Camilo Mandelli y Vicente Vento. Se los conoce como la “Escuela de La boca” o los “Artistas de Vuelta de Rocha”, donde hoy se unen Pedro de Mendoza y Del Valle Iberlucea. De algún modo se sienten rechazados por la Academia: será que no tienen el ojo puesto en las tendencias europeas. Posan la mirada en otros horizontes, artísticos y también políticos: la Revolución Rusa los subyuga, las organizaciones anarquistas del barrio, también. Se juntan en las casas a hablar de estos temas. En La mansión Cichero fundan el grupo EL Bermellón. En el taller de Facio Hebequer, el Grupo de Barracas. Artistas plásticos de otros barrios son atraídos por la bohemia y por la militancia.
Nacen infinidad de publicaciones socialistas y anarquistas (El Ancla (1865), Eco de La Boca (1888), El Bohemio (1892), Cristóforo Colombo (1892), Progreso (1896), La Unión (1899)). En muchas de ellas, los artistas publican sus grabados. Se abren salas de teatro (Ateneo Iris, Dante Alighieri, Teatro Sicilia) que también son espacios de asamblea. Crean organizaciones socio culturales (La Colmena Artística, La Sociedad Progreso de La Boca, el Bermellón, El Ateneo Popular), escenarios donde acontecen las actividades políticas y artísticas más candentes.
Mientras tanto, en los años veinte irrumpe la renovación estética en Argentina. Y lo hace a través de dos grupos estético-literarios, antagónicos y complementarios a la vez, Florida y Boedo. Los de Boedo provienen de familias inmigrantes y pobres. Ellos se preguntan para qué sirve la literatura, para qué sirve el arte, cómo transformar la práctica artística en un hecho revolucionario. Rechazan las instituciones canónicas de la época y sus representantes. Los artistas José Arato, Abraham Vigo, Agustín Riganelli, Adolfo Bellocq, Guillermo Facio Hebequer y Santiago Palazzo forman un grupo bajo las mismas ideas. Se hacen llamar los Artistas del Pueblo.
Los artistas se organizan. Crean el Salón de Los Recusados para mostrar las obras que son rechazadas en el Salón Nacional. En 1917 Facio Hebequer, A. Bellocq, A. Vigo, A. Riganelli y Santiago Stagnaro, entre otros artistas del Riachuelo, crean la organización anarquista Sociedad Nacional de Artistas, Pintores y Escultores (SNAPE). Ellos organizan al año siguiente el Salón de Independientes. Sin jurados y sin premios. Participan treinta y un artistas, entre los que cabe mencionar a Arato, Vigo, Riganelli, Bellocq, Facio Hebequer y Palazzo, Italo Botti, Quinquela Martín, José Fioravanti, Gastón Jarry, Adolfo Montero, Américo Panozzi y Santiago Stagnaro. El grabado es el medio expresivo que muchos de ellos eligen para difundir un arte social y político.
El grabado de los artistas del Riachuelo es figurativo y discursivo. Su mensaje debe ser unívoco, contundente y de rápida comprensión. Su espejo es el mundo y sus injusticias, sus reclamos, sus batallas. Se reniega de la abstracción, que recién llegará en los años 50, cuando el arte moderno ya lo haya incorporado en su canon.
El grabado de los artistas del Riachuelo es con tinta negra. Esta característica lo vuelve un procedimiento rápido, simple y barato. Se multiplican las imágenes monocromáticas. El color es rechazado porque es decorativo y superficial.
El grabado de los artistas del Riachuelo trabaja temas vinculados a lo social y lo político. Es denuncia, lucha, resistencia. Es la clase trabajadora. Es el hombre en la ciudad y su alienación. Es el barrio, el puerto, la estación de tren, el bar, la calle, el conventillo. La miseria, los obreros, la cara y las manos ajadas por la dureza del trabajo y el hambre.
El grabado de los artistas del Riachuelo es múltiple. Reniega de su aura. Debe circular por todos los medios y llegar a la mayor cantidad de gente posible. Es una potente herramienta de intervención política.
En el barrio y en el mundo el clima sigue agitado y espeso. La sensación es la de caminar por una cornisa. El futuro es un lugar a ganar o perder. Los artistas miran de cara a acontecimientos atroces: la Primera Guerra Mundial, la Semana Trágica, la Década Infame, la Guerra Civil Española. En este contexto, el grabado se vuelve aún más urgente. El clima de huelgas obreras y persecución ideológica se ve representado en las estampas de esa época. Los grabadores del Riachuelo miran a Goya y sus producciones llenas de furia y de sátira. Miran a los expresionistas alemanes como Otto Dix. Y le dan la espalda a la pintura, que para ese entonces navega en aguas abstraccionistas y se repliega sobre sí misma.

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