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CRISTINA BANEGAS / El Excéntrico de la 18
la vida en trance
En cada función hay algo único, y hay algo que se resignifica cada vez que lo hacés, cada función

Soy hija de una actriz y de un productor pioneros de la televisón argentina, de modo que estuve dentro del ambiente artístico desde que nací. Siempre digo en broma, y en serio, que el viejo Canal 7 fue mi verdadero hogar, porque pasé muchas horas de mi infancia allí. Mi madre también hacía teatro, así que había mucho camarín. Ese fue el hábitat de mi vida desde que nací. Primero hice danza clásica, muchos años. A los diez empecé a escribir poesía. Lo primero que escribí fue un soneto, que se llamaba “Tristeza” y que terminaba diciendo que la vida no tenía sentido. Bastante existencialista ya desde chica. Me casé con un actor a los dieciséis años y a los dieciocho años fui madre. Al año siguiente debuté en teatro con una obra para chicos que había escrito, y después recién empecé a estudiar. Desde esos años lejanos hasta ahora fui haciendo una obra tras otra, nunca paré. Estoy cumpliendo cincuenta años de teatro.

Creo que soy una clara exponente de lo que significa ser actriz y toda mi carrera fue hecha muy entre los bordes de lo que sería el teatro comercial. Mis únicas intervenciones allí fueron con obras de lo que sería teatro culto; pero toda mi carrera la hice en lo que llamamos teatro independiente.

Lleva toda la vida el teatro. Hay obras que son muy difíciles, muy comprometidas, partituras muy complejas que me hacen sentir como una monja del teatro, porque todo mi tiempo fuera de escena está, de alguna manera, supeditado a la función que voy a hacer a la noche. Alguna vez dije que el teatro era mi única religión. Eso define mi relación con la actividad.

Organizar un asalto a un banco
El teatro es absolutamente colectivo por definición. Incluso cuando hacés solos. Siempre hay un director, un asistente, un iluminador. Como decía Alberto Ure: “Que salga bien una obra es como organizar un asalto a un banco: hay que tener una buena banda y un buen plan”. Con el trabajé más de siete años haciendo una secuencia de obras muy poderosas. Empezamos haciendo ensayos públicos, sobre una obra de Griselda Gambaro, que era una verdadera salvajada. Con su técnica de improvisación, o sea; Ure trabajando con nosotros, hablándonos al oído, acompañándonos, muy divertido. Hicimos muchas cosas juntos y eso cambió mi relación con lo que sería el pensamiento sobre el teatro y sobre la actuación criolla. Fue fundamental para mí conocerlo. Yo venía de una formación muy de lo que sería la escuela americana: de la memoria sensorial y de una actuación más naturalista. Y con Ure hubo toda una revolución de lo que sería una estética, una política y una ideología de la actuación y del teatro.

En estos cincuenta años, no solo fui cambiando, sino que fui encontrando una relación con la actuación, con el teatro, con lo que significa ese pasaje a ese otro estado, a ese otro espacio que sería la ficción, que es un espacio muy abismado, peligroso. Creo que fui tomando decisiones también sobre qué signifca la ética de la actuación, cómo sale uno a un escenario y qué es lo que va a hacer ahí, si vas a hacer un negocio con el que te mira, si vas a complacer, o a hacer una ofrenda.

Ahora estamos con el Excéntrico. Es una hermosa experiencia tener un espacio propio. Un espacio donde se puede ensayar un año y medio una obra. Eso es tener libertad, tener una verdadera independencia en cuanto a la construcción de la máquina teatral, a lo que significa la experimentación, la investigación, la búsqueda de una poética.

Hace treinta años, Villa Crespo, donde está El Excéntrico, era lejísimo, era un lugar realmente fuera del centro. El nombre invocaba esa idea de estar afuera. Inicialmente lo pensaba como un espacio que sería un estudio de teatro. Cuando no tenés una productora ni un teatro oficial atrás, nadie que te exija una fecha de estreno, ni que te pague por lo que hacés, tenés mucha libertad. Y es una libertad costosa, porque hay que hacer muchas cosas para sostenerla. Por eso para mí tener El Excéntrico fue también una solución. En el inicio era el estudio y era nuestro hogar; ahora El Excéntrico tomó toda la casa.

Poéticas femeninas
Desarrollé una línea de acción con el tango que se vincula con el teatro, donde tomo una tradición del tango argentino o rioplatense que tiene que ver con las mujeres pioneras del género en los treinta primeros años del siglo XX. Muchas eran actrices, vedettes, cabareteras, tonadilleras. Algunas españolas, porque desde finales del siglo XIX había mucha gira de artistas que venían a Buenos Aires, que era una plaza muy fuerte por esos tiempos. El Teatro Nacional Cervantes, de hecho, fue construido por María Guerrero, que era una actriz con su compañía españolísima. En el tango tomo esa tradición de actrices cantando tango: Tita Merello, Azucena Maizani, Ada Falcón, Mercedes Simone, la Negra Bozán, Nelly Omar, Libertad Lamarque. Hay una especie de Olimpo de mujeres poderosísimas que después fueron desplazadas en la historia del tango por las grandes orquestas y por los cantores, que tomaron el poder y no lo soltaron. Ese repertorio y esas poéticas de estas mujeres me cautivaron cuando me puse a estudiar y a cantar.

Por supuesto el lugar de la mujer en el teatro estuvo muy supeditado al poder de los hombres. Los problemas de género se reproducen en todos los espacios, las luchas y las batallas. Siempre es más difícil para nosotras las mujeres acceder a lugares de poder, como por ejemplo dirigir una producción teatral. Pero hace mucho tiempo que venimos tallando fuerte. Creo que muchos teatristas son compañeros de travesía que defienden el lugar de la mujer y el feminismo, y que condenan el machismo. Por suerte hoy hay mucha gente dentro del teatro que piensa con una cabeza no machista, hombres y mujeres, lógicamente.

La preparación, el abismo
Lo teatral condiciona todo lo cotidiano. El día que tenés función estás en capilla, no es joda, sobre todo si es difícil lo que tenés que hacer. Y a mí siempre me toca hacer cosas difíciles, siempre tengo grandes personajes, obras complejas; y es siempre gozoso, placentero y peligroso. Es de una dedicación absoluta, una preparación que ocupa todo el tiempo. Cada obra, cada personaje sigue procesándose en el inconsciente: en cada función hay algo único, y hay algo que se resignifica cada vez que lo hacés, cada función.

Desde la mañana hay algo que es muy inquietante; tiene nombre, se llama “pánico escénico”, y también lo padezco. Me da terror actuar. Es un abismo, es muy complicado. Porque no es solamente una construcción de signos. Es eso básicamente, por supuesto, pero también tiene algo de trance, algo más raro. Está esta cuestión de construir un personaje, de tomar otro discurso, moverte de otra manera, decir otras palabras que no son las que tal vez dirías esa noche si no estuvieras arriba del escenario. Cómo saltás cada vez desde el aquí y ahora de cada día a cada función o a cada personaje o a cada obra, cómo hacés esos pasajes, todo es muy complejo.

Hay muchos teatros posibles. Pero hoy hacer teatro es seguramente la actividad más entrañable de todo lo que hago. Es algo que me involucra en todo sentido: cuando actúo, cuando dirijo, cuando canto. Siempre estar arriba del escenario, o estar construyendo lo que va a suceder arriba, es algo extraordinario y grupal y cada obra es una familia transitoria. Y cada obra es una poética y una búsqueda en sí misma. Y creo que es el lugar en el que seguramente estaré hasta que no pueda estar más. Estaré haciendo teatro por los siglos de los siglos.

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