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Pero, ¿dónde habitaba esa masa obrera? ¿Cómo eran las calles y las casas desde las que salían los vecinos de la ribera? El barrio de La Boca del Riachuelo era, en más de un sentido, un lugar periférico. No solo por su situación geográfica, sino por las características de su población, obrera y trabajadora. Sobre sus calles, muy pocas empedradas, la mayoría de tierra, se inclinaban las casas de madera y chapa, pintadas con el rezago de la pintura de los barcos. Calles pobres, que tuvieron en el conventillo su representación más emblemática: grandes caserones divididos en patios sobre los que daban las piezas “de arriba”, y desde las cuales podía verse ese espacio común, donde jugaban los chicos. En el patio del conventillo, se conseguían “changas”, se arreglaban diferendos, se lavaba la ropa y se era testigo de las disputas familiares. Allí se generan vínculos y cruces culturales y nuevas formas de solidaridad. 

La promesa de la parcela propia en el campo, parte de la propaganda para atraer a los inmigrantes campesinos, rara vez se cumple. Les espera la vida dura de la urbe y el trabajo arduo, que les permitirá llevar una vida de miseria, girar a la familia lejana algún dinero ahorrado a fuerza de privaciones o comprar un pasaje de barco para traer a alguien dejado al otro lado del océano.

Roberto Mariani, talentoso escritor nacido en La Boca, describe elocuentemente un conventillo: “Una de estas antiquísimas mansiones, actualmente agoniza en conventillo. […] Hoy conviven apretujadas seis u ocho familias de las más diversa nacionalidades, y costumbres contradictorias hasta la beligerancia. Italianos, franceses, turcos, criollos. La última habitación la ocupa un griego relojero. La casa consta de tres cuerpos en una sola ala; y suma en total doce habitaciones. Hay tres patios. Franqueando el zaguán, levanta su agravio la chapa metálica que según ordenanzas municipales debe existir en las casas de inquilinato. El primer patio está siempre sucio y lleno de chiquillos; en cambio, el segundo también; pero el tercero, igualmente. Adosadas al muro que separa de la casa vecina, están las cocinas, ocho en total; precarias construcciones de madera y zinc, que más parecen frágiles garitas. Cuando llueve, ameniza el ruido ametrallante del agua, las blasfemias de las vecinas que deben cruzar el destechado patio para llegar a las cocinas.”

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